domingo, 22 de diciembre de 2019
lunes, 9 de septiembre de 2019
EL DESPERTAR DE MI PUEBLO
La
noche cubre con su manto oscuro al pueblo de Mieza que dormita aún su pereza. Las
sombras siguen agazapadas en los rincones de las alcobas, de las cocinas, bajo los
cabañales de los corrales, resistiéndose a ser borradas por la luz de la alborada
que despunta ya por los cerros. Los luceros se han apagado. Las calles están vacías,
silenciosas. Mi pueblo duerme.
Una
mujer despecha desde dentro la puerta de su casa y abre el cuarterón, saca su cabeza
desgreñada y mira como con desconfianza a uno y otro lado de la calle; deja el
cuarterón abierto como diciendo: ya estoy
en pie de tarea y al momento su chimenea comienza a vomitar un tímido humo grisáceo
adornado de volutas y penachos. Se oye el leve rumor de las hojas temblorosas en
las acacias de Las Eras, seguido del relincho de un mulo, el bramido de una
vaca…; un hombre entra en el corral a echarles la postura de la mañana. Canta
un gallo…, luego dos gallos…, y al final toda una algarabía en el gallinero que
espera a que el ama les ponga el mecío
de agua y salvaos, y se oye: “pita, pita, pita…, piru, piru, piru…”
Una gallina se ha vuelto loca cacareando el huevo que acaba de parir. Las vacas
y los becerros mugen, algún rebuzno, ladridos de perros, las ovejas berrean en los
corrales pidiendo salir al campo. Mi pueblo reballa.
Todas
las cocinas fuman las pipas de sus chimeneas, huele a borrajos, a tocinos con huevos
fritos y a pucheros espumando las patatas para el desayuno. El gañán apura su
pinga de aguardiente para limpiar las telarañas del callejón de las sopas. Carraspea.
Los rebadanes ordeñan las ovejas en
las cuadras. Silbidos de tordos en las alamedas, algarabía de pardales que en
bandadas aburren con su canto monótono en las tenadas y picotean los cagajones en
las calles. El gato, que ha estado de juerga por la noche, dormita y runrunea
al lado de la lumbre con el rabo alrededor de sus patas. El sol destella por el
cerro de La Laguna. Mi pueblo está despierto.
Es
otoño. Hace dos días un nublado bendijo a mi pueblo durante la noche con una
lluvia fina para que el sembrador insemine las cortinas de nabos y herrén y
abra las besanas para la sementera; el labrador no ha dormido del contento,
oyendo el ruido del agua sobre los tejados y la risa de las canales meándose
sobre el empedrado de las calles. Los mulos apuran su postura antes de que el amo les cargue el arado para la labor, o
prepare los yugos y coyundas para uñir
la pareja de vacas. Salen los rebaños de ovejas a comer la otoñada que ha brotado
en las eras y en los linderos de los caminos. Ya tenemos, sol, agua, aire, tempero
y allá en el fondo, el eterno olvidado, el padre Duero que murmura su canción
no escuchada. El campo cobra vida.
El
sol remonta la cúpula celeste borrando neblinas matinales. Los mulos hacen restrallar las herraduras de sus cascos
sobre el empedrado de las calles. Los rebaños de ovejas suben por Las Eras alegrando
la mañana con el cascabeleo de sus aguisos.
Algunas mujeres encaminan sus cabras a La Majá para que los cabreros Federico
el “Cantarranas” y Jacinto el “Sin Manos” las lleven a Las Arribes. Los rapaces
alborotan camino de la escuela. Mi pueblo es un hormiguero.
El
sembrador montado en su mulo sobre el arado va camino de Navancha (Nava ancha),
este año la hoja meseguera está en la Parte Enmedio. En las alforjas lleva su
merienda en el fardel y el pienso para su mulo en el morral. El rocío brilla y
tiembla suspendido de las hierbas secas del camino. Llegan al cerrao y, mientras el mulo arrebaña las
hierbas secas del lindero, el sembrador abre el saco de la semilla que ha
seleccionado, la esparce a voleo, uniformemente y con mimo para que no salte
las lindes de su tierra y no brillen calvas en el maraojo. Esta semilla, que hoy es oro, sueña con ser espiga granada,
trillada y aventada en la era, ser molida, harina, masa y pan crujiente. El
sembrador sueña y canta:
“Cuando siembro voy cantando porque
pienso que al cantar
con el trigo voy sembrando mis amores
al azar…
Y el grano arrojo con tanto brío
que me parece que el mundo es mío…
¡Ah!, sembrador
que has puesto en la besana tu amor
la espiga del mañana
será tu recompensa mejor.
…………………………………….
Y aguarda el porvenir, sembrador.”
El
labrador unce el arado al mulo y traza los primeros surcos como en borrador, guiando
al mulo con los raberos, a las palabras tesa,
arre, y ajusta la arada a la linde irregular del cerrao; al tercero saca un surco recta de tiralíneas. El sol
remonta la cúpula celeste y el tempero de la tierra se va haciendo multicolor a
medida que se airea y avanza la arada; algunos pájaros picotean en la besana buscando
una lombriz. El sembrador empuja la mancera para que el arado se hinque en la
tierra y ésta, al paso del arado, abra sus brazos maternos, esponje su vientre,
cubra la semilla y queda preñada, mientras el sembrador se emociona y piensa en
su mujer que está embarazada y canta, canta a su mujer y a su hijo y sueña con
la espiga dorada del mañana. Hoy todos sueñan, sueña la tierra, sueña el grano
de trigo, sueña el sembrador en su mejor recompensa, el hijo y el pan. No hace
viento, se oye nítida toda la música del campo, los cantos del sembrador, el
grito del rebadán en Los Chagariles, los
aguisos y el balar de ovejas,
ladridos de perros y rebuznos de burros contestados desde puntos lejanos,
relinchar de mulos, bramido de vacas en el caño del Ejido Abajo, el eco lejano
del reloj de la torre. Los valles y cerros están llenos de ojos. El campo está
vivo. El campo habla y se responde. El campo enseña a cantar y a ser poeta.
En
el cruce de los caminos Barrueco y Cerezal hay una estridencia del silencio, han
salido los rapaces al recreo llenando de voces y algarabía la mañana. A la
media hora vuelve la paz porque han terminado su recreo. El sol está en lo más alto
de la cúpula celeste.
Es
la hora. Y nadie tiene reloj. El sembrador deja el arado en la reveza, pone el morral en el hocico del
mulo y se sienta en una peña a comer su merienda. La tarde sigue más lánguida
que la mañana, ya no hay siesta ni merienda, las flores quitameriendas llenan
las eras. Cae la tarde y el sol está a punto de resbalarse por la cúpula
celeste hacia Portugal. El labrador desunce el mulo y deja el arado en la reveza en descanso para el día siguiente.
En un montón de piedras un mochuelo rechoncho chirría y vigila la tarde. Es
hora de volver a casa. Cruje una zángana que saca agua del pozo y suena el
pitido agónico y lejano del tren de Portugal. Las chimeneas exhalan el humo del
calor del hogar; ahí está la madre. Los rapaces juegan en el Frontón de Las
Eras. El hombre despacha los animales, aguza la reja embotada en la fragua de
Toribio donde saltan las chispas por la ventana a La Colaguina y los repiqueteos
sobre el yunque resuenan hasta Las Eras, mientras los hombres cotillean el
tiempo y las tareas del campo. ¿De qué van a hablar, si no? Los hombres
cotillean en la fragua lo mismo que las mujeres en la solana y en los pozos de
lavar.
Los
rebaños de ovejas y las vacas retornan lentas al lugar. Los tordos se refugian en
bandadas ennegreciendo las alamedas de de la Fábrica y de La Moral de Abajo y lanzando
silbidos tristes que aturden la tarde. Bajo los aleros y sobre los alambres de
la luz las golondrinas preparan sus agrupaciones para emigrar a África. Termina
el día y sus quehaceres. El sol se ha ido a dormir allende Portugal, pero madrugará
y despuntará al día siguiente por La Laguna. Cantan los grillos en los praos de la Fábrica, una luciérnaga relumbia en un zarzal y en el Sierro un
mochuelo vigila desde el buraco de una cerecera
a un ratón entretenido en roer las bellotas caídas de un carrasco. Ha venido la luz y es hora de cenar y de programar las
tareas del día siguiente. El día ya tiene sueño, se ha vestido su camisón
oscuro de la noche y se va adormir. La luna en lo alto del cielo es una lechuza
que contempla la paz de mi pueblo, al que adormece cantándole la nana del
descanso. Mi pueblo duerme. ¿Despertará?
Esta fue Mieza hace 80 años. Recuerdos
de realidad que fue. Y ya no es. ¿Desertores? Muchos. Yo.
Hoy,
en mi pueblo, no hay 200 rebaños de ovejas, no queda ni una pareja de vacas. De
los 200, “El mulo, tu mulo, su mulo, mi
mulo”, sólo quedan 5 mulos carcamales, y 10 nostálgicos burros, como sus
dueños. El campo se está plagando de escobas invasoras, punzantes piornos y
ásperos carrascos. No canta el
sembrador. No hay bautizos. Y todos tienen relojes. No vomitan humo las
chimeneas. Las casas están ahí, vacías en invierno, como el cascarón de un caracol
muerto. Mi pueblo, Mieza, se vacía de gente. ¿Debroca su vida? ¡Ah!, hay unos 72
tractores que dentro de pocos años serán chatarra. ¿Será mi pueblo, dentro de
unos años, un pueblo vacío de sí mismo, pero inundado de turistas los fines de
semana para admirar sus espléndidos Miradueros?
¿Tiene
remedio? No. Ley histórica de evolución a mejor. ¿Responsables? Todos. Ninguno.
Venancio Pascua Vicente
Publicado en el Programa de Fiestas
de Mieza, 2019
martes, 14 de mayo de 2019
La España debrocada, la España vaciada
El horizonte que hoy
diviso es la línea de fuga de mis recuerdos, de mis experiencias, de mis
reflexiones, de mis sueños. En mi artículo AQUELLOS PUEBLOS… HOY VACÍOS,
escribí: “…esta disputa del vaciado de los pueblos ha entrado en las
carnicerías de los debates de partidos políticos para degollarse entre ellos”. Y esto ocurre en
este diario con una voz vociferante del ÓN-psoe que culpa del vaciado de los
pueblos al ÓN-pp. ¿Buscará alguna canonjía de subdelegación? La anterior curva,
de Mieza donde fue alcalde, podría ser la de cualquier pueblo. Y pronto toca
fondo. Y después… La política también tiene sus modas.
En estas largas y
cansinas etapas electorales el tema de La España vacía ha irrumpido, en la literatura, periódicos,
revistas, tertulias, mítines. ¿Es la España debrocada o vaciada en una bacía, palangana o jofaina?
(En Mieza el verbo debrocar significaba vaciar el puchero del cocido o de
patatas humeantes en la fuente de porcelana de la que comíamos todos). ¡Qué mal
suena, La España vacía, vaciada, vomitada, como si el estómago de los pueblos debrocase a sus
gentes en vómitos o diarreas! Nadie los provoca a vaciarse. Se van las gentes.
Y esto no tiene remedio. Éste es un cambio socio histórico que hay que
asumirlo. Lo que induce y provoca a que se marchen los campesinos a la
metrópoli es porque quieren disfrutar de los beneficios que tiene la ciudad
madre. Como hemos hecho muchos, desertores del mulo, del arado. ¿Vamos a negar
al resto que hagan lo que hemos hecho muchos? Sobran hipócritas. ¿Cuánto tiempo
hace que en muchos pueblos no nace un niño? ¿O será que los niños no quieren
nacer en los pueblos? No hace falta ley del aborto. En alguna ciudad hay más
chuchos censados que niños. Están mutando los conceptos de madre y de hijo. Y
dicho con el mayor cariño a los de mi edad, en los pueblos sólo quedan viejos
que no pueden ya trabajar esa “tierra de nadie”. Qué venga ahora la ley de la eutanasia, la ley de
la buena muerte, y verán cómo se repuebla y reverdece esta tierra de nadie. ¡Qué ironía!
¿Con quiénes
repoblarán estas tierras del Duero, tierras que en el siglo XI fueron ya “tierra de nadie”? ¿Ojalá algún rey
leonés mande repoblar estas tierras regalando esta “tierra de
nadie” a “los sin tierra”? Repoblar, ¿con quienes? ¿Con aquellas gentes francesas, vascas,
asturianas, gallegas…? Pero si las gentes jóvenes que estaban en estos lares
han emigrado a esos montes franceses, vascos, asturianos…. Fundarán monasterios
para que a su alrededor surjan poblaciones, construirán pantanos como hizo
Franco, el Innombrable, donde surgieron poblados en la construcción de los
saltos y donde los carrilanos alquilaban viejas cuadras para viviendas en los
pueblos circunvecinos, o vendrán las hordas de vándalos y alanos. Luego vi cómo
eran abandonados los poblados de los saltos, Castro, Villalcampo, Saucelle,
Aldeadávila, Villarino, casas con comodidades, y ahí están desiertos. Y las
primeras que emigraron fueron las esposas para llevar a sus hijos a los
colegios, controlarlos en la ciudad, mientras el marido se quedaba solo en el
poblado con el tractor de su trabajo. Hoy los pueblos de La Ribera miran con envidia a los
pueblos, Saucelle, Aldeadávila y Villarino porque sus Ayuntamientos tienen
sobreabundantes beneficios de dichas centrales para clientelar a sus
habitantes. No obstante, mirad la evolución de su población del año 1960 al
2018.
¿Qué harán el resto de
pueblos de La Ribera que no tienen una central eléctrica? O de qué beneficio
público será necesario dotarles para adicionarlos al terruño. ¿Un PER? Todas
las migraciones navegan a mejor Cuando algunas gentes tuvieron que abandonar su
pueblo porque aquellas tierras iban a ser inundadas por las agua de un embalse,
lo hacían con rabia contenida, arrastrando el alma con tristeza cuajada de
lágrimas. Hoy las gentes abandonan los pueblos con la ilusión de mejorar y
dejan al pueblo inundado de soledad, silencio, muerte. Hoy se está haciendo
política de “el vaciado de los pueblos”. Algún partido político ondea como bandera la
promesa de corregir esta despoblación, o, mejor dicho, lanza como dardo contra
el adversario culpándole de esta despoblación en los últimos 30 años. Oiga,
señor político, que hace ya más de 60 años que ocurre esto. Y en estos 60 años
ha habido dictadura, demócratas rojos y azules gobernando. Pondrán remiendos
floreados durante las elecciones, pero el alma de los pueblos está enferma y se
vaciarán porque no brotan renuevos y porque se mueren los viejos troncos por
falta de vida y por aburrimiento. Decía Juan Ramón Jiménez: Se cruzan solitarios
// mi corazón y el campo.
Hace tan solo 60 años
las gentes que pateaban estas tierras, laboraban los olivares, araban
esos sierros, cultivaban las cortinas cercanas al pueblo, regaban los huertos al lado
de las casas… Eran pobres autárquicos, se auto-abastecían, porque comían lo que
auto-producían de lo que auto-trabajaban. Pero como hoy afortunadamente cobran
su corta pensión les es más cómodo comprar en la tienduca del pueblo o
esperar a que venga la furgoneta una o dos veces a la semana y comprar. Les es
más cómodo comprar que trabajar el huerto o criar el cerdo. Entonces, si no se
trabaja el campo del pueblo, ¿para qué ir al pueblo? No hay campesinos que
cultiven la tierra y críen ganado para su propio consumo. Son viejos, sin
relevo generacional, el campo es demasiado duro, demasiado rústico, demasiado
sucio, la cuadra con pulgas, el corral con las enormes cagadas de las vacas,
las cagalitas de las ovejas, las gallinazas de las gallinas…, la paja, la alfalfa,
las moscas, las garrapatas, el barro, todo demasiado sucio. En el campo hay más
espacio libre pero en la metrópoli tienen al lado el centro médico, el
hospital, la farmacia, el colegio, el puesto de trabajo, la guardería, el
supermercado, el quiosco, la iglesia, las actividades para niños, el parque,
autopistas de banda para móviles… y, como no son tontos, terminan abandonando
el sucio morillo. ¿Será ésta la tierra prometida que mana leche y miel? ¿Es una necesidad el
espacio libre? Pero sin arcadia pastoril ni agraria. Y los padres quieren que
sus hijos vayan a inglés, al gimnasio, a tocar la flauta…, la mamá a taichí, a
taekwondo, a zumba, a la piscina climatizada, a rehabilitación…, el marido al futbol,
al centro del dolor, al centro de día, al hogar de mayores…, Salir a la calle,
aunque sientan la soledad anegados en mares de gente. Ver a alguien. Oír ruido.
Salir de su monotonía. La TV puede llegar a ser algo insoportable.
El trabajo, los
servicios, el bienestar están centralizados en los núcleos urbanos, por esto la
metrópolis succiona a los campesinos. Antes existían en los pueblos de la
Andalucía rural, de Extremadura, de ambas Castillas, de Galicia…, “los sin tierra”. Hoy las tierras
siguen ahí y serían de aquellos, “los sin tierra”. Pero estos no las quieren ahora, porque es muy duro
y muy sucio trabajarla.
En 1960 Mieza tenía
1202 habitantes, en 2018 sólo tiene 208 en cuyo período ha habido gobiernos
centrales, autonómicos, alcaldes, rojos y azules. Cuando haya pasado la
tormenta de las elecciones, tal vez no se vuelva a hablar de La España vaciada sobre todo si
ganan los que usan esta despoblación como pólvora. ¡Qué vuelvan ellos al
pueblo, cojan la zacha, empuñen la mancera y aren estos sierros. Qué vengan e instalen aquí su Moncloa, el Pedro
Picapiedra y el Pablo, traigan a su Vilma y a su Betty, y a sus recentales a
jugar con el barro de los pueblos. Aún no se ha inventado el antibiótico contra
la despoblación.
¡Qué mal suena La España vaciada! Y seguirá
descompuesta, con su sangría, su diarrea y su vomitona. Es muy fácil afirmar,
sin presentar estadísticas, que tal región sigue siendo la región española que
más población ha perdido. ¿Ha visitado usted los pueblos del Pirineo oscense,
de Castilla La Mancha, de la Andalucía rural, de el Teruel prototipo de la
España vacía? Nuestros pueblos tan próximos, como Fornos y Lagoaça también
pierden población. Por los años 1970 conocí pueblos vacíos de Huesca que fueron
ocupados por hippies, y hubo una esperanza con aquellos hippies románticos,
ocupas que dijeron me vuelvo al pueblo. Y ocuparon las casas abandonadas…, pero pronto volvieron a
abandonarlas porque no querían trabajar y se aburrieron. El pueblo no los
escrachó, ellos mismos abandonaron su plan de vagancia y su mismo aburrimiento
los vomitó a la ciudad. Ni los ocupas de la ciudad vienen a ocupar los pueblos vacíos.
Algún día la despoblación se solucionará por sí misma, cuando ya no haya gente
para emigrar.
Venancio Pascua
Vicente
sábado, 27 de abril de 2019
La Pascua de Mieza en el Carrascal
Mieza tiene cuatro parajes
espectaculares por su personalidad, su orografía y su sorprendente belleza: Los
Reventones con su Miraduero La Peña La Salve, La Code, Las Arribes con su
Miraduero La Peña el Águila y El Carrascal con El Mirador del Cura. Los miezucos
cambian de Miraduero para no aburrirse de admirar tanta belleza en lontananza.

Pasamos al lado del Pilar del
Valle la Cruz, de El Teso las Chinas entre viejos vergeles centeneros cercados
todos con muros de piedra, del Miraduero La Peña el Águila, atravesamos el
Arroyo el Tuerto, dejamos a la izquierda el Arroyo Los Pajares y un poco más
adelante, ya en El Carrascal, saludamos Las Tres Marías madres, tres encinas
alineadas a la orilla del camino, de las que sólo quedan ya dos. Hace años los
pastores que guardaban sus piaras de ovejas en el Carrascal se daban cita en
este punto para regresar juntos a Mieza. Es El Carrascal. Antonio Machado
canta, Encinares castellanos // en laderas y altozanos...
Soledad sonora que
vibras en mí.
En El Carrascal había fincas
productivas como la huerta de Los Saqueros, atravesada por el regato
Milredondo, y que abastecía de pimientos, cebollas, ajos, a los pueblos de la
redonda. En Saucelle decían, “¡Qué buenas cebollas se crían en
Mieza!” Alto ahí, las
cebollas no engordaban por el aire, si no por el buen trabajo y el abono
con cagalitas de cabras que compraban al tío Isaac en la Casa
de los cabreros. El Duero criaba buenos peces y ricas enguilas pero había que ir a por
ellos y mojarse el culo. Dentro de la finca de Los Saqueros está la ermita de
San Amao, hoy convertida en cuadra, y que dio nombre a este topónimo de San
Amao. Antes de esta ermita, hubo otra al santo en la orilla del Rio en Las
Aceñas de Pandera donde, al decir de los miezucos, unos pescadores de enguilas rescataron la imagen de San
Amaro, que abreviaron a San Amao, le erigieron allí una pequeña ermita, desde
donde los mozos de Mieza subían al santo hasta la pradera del actual San Amao y
a donde se acercaba el pueblo en romería a pasar el día. Tal vez de esta vieja
costumbre renazca la fiesta del actual Domingo de Pascua. Después subieron
definitivamente al Santo hasta esta ermita de El Carrascal y actualmente dicha
imagen, recién restaurada, está en la ermita de San Pedro en el Cementerio.
Echad un vistazo a la Casa de Cabreros, al Mirador del Cura en finca privada, a
Montegudín y a Las Conejeras.
El Carrascal estaba antes todo
abierto donde pastaban libres piaras de ovejas y cabriás. Ahora todo son matujos de
ásperos carracos, punzantes jumbrios, escobas, escañabones, jedigueras, gamonales, lecherenas (lechetreznas), (cuidado los
rapaces traviesos con la leche de esta planta), y todo cercado de alambradas.
Cada encina y cada sobrero tenían su dueño a veces marcados con cortes como
hierro de propiedad, pues a veces estaban enraizados en tierras ajenas. En este
Carrascal ya no suena el hacha del leñador porque está prohibido cortar árboles
y porque ya no hay hombres que gateen para subir a cortar ramón o a varear la
bellota. Eran hábiles, trepando sin escaleras como guepardos por el tronco al
alcornoque o ayudados desde lo alto del mulo, se movían como monos sin arneses
por las ramas con la podadera sujeta al cinto en la parte posterior a cortar
ramón o a varear la bellota y luego apañarla una por una a riñón doblado. Vida
dura. Si cogían dos o tres sacos de bellota la guardaban para echársela a los
cebones en el mes de noviembre, mezclada con un poco de brujo, restos de la cuña y la piel de
aceituna después de haberla triturado y prensado en la almazara, junto con unos
polvos de harina.
Estas encinas pueden alcanzar los
10 metros de altura. Su tronco, áspero, grisáceo, retorcido, revestido de
líquenes, y en su copa amplia y ramificada hasta llegar casi al suelo, anidan
rabilargas, palomas, tórtolas; de sus ramas penden orugas balanceándose y
formando procesiones, arañas tejiendo su red para atrapar las moscas voladoras,
en sus coqueras se refugiaban el mochuelo, la lechuza, la comadreja, algún
enjambre de abejas o avispas, el lagarto, la lagartija, y en sus raíces la
madriguera de algún conejo. Toda una fauna en su tronco chaparro. Paséate por
El Carracal y no encontrarás un sobrero o una encina que no tenga su coquera,
como todos los humanos. Sus flores en formas de racimillos amarillentos y
ocres, con el haz verde-oscuro de sus hojas y el envés revestido de una capa
blanquecina.
El alcornoque es más altivo, su
copa más abierta y su bellota más chata, arropa su tronco con un refajo de
corcha gris que luego los humanos desnudan su barriga cada 9 años y lo dejan
con el culo al aire. ¿Qué tendrán la encina y el alcornoque? Ambos dan el fruto
de la bellota tan sabrosa para los cerdos, y estos tan gustosos para los
humanos, a los que no les gusta ser llamados belloteros, sin embargo para
valorar un jamón lo predican de bellota y las abejas cocinan la miel de
encina. La bellota, un bien escaso, como todo bien en aquellos años de escasez,
de los higos pasos, las castañas pilongas, hasta las bellotas eran apreciadas
para comer. Algo tendrán las encinas que producen jamón de bellota y miel de
encina. Tenían que estar atentos para recoger la bellota antes que otro la
aventase. Nuestro Luis de Góngora se regocija en Ande yo caliente y
ríase la gente…,sin calefacción ni
televisión, con,
«Cuando cubra las
montañas
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas…,
…y ríase la gente».
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas…,
…y ríase la gente».
El aire penetra en sus copas, se
cuela por entre por las ramas haciendo palmotear y abanicar sus hojas
produciendo vibraciones sonoras. Qué suerte tenían los miezucos, pues la hoja
de la encina, del alcornoque, de la oliva, del quejigo, es perenne y renovable,
para disponer del ramón de roije de las ovejas y cabras en
los crudos meses del invierno. Aquellos desheredados de la fortuna, sin tierra
para trabajar, sólo podían cosechar hambres; no podían ir a por leña para
calentarse ni para hacer la comida, para lo cual no necesitaban leña porque no
tenían qué comer. Ay si nos hablara La Senara del los Tararos.... Oigo a un
miezuco que subido en una encina corta ramón para las ovejas y canta: Carbón de encina,
cisco de roble, // la confianza no está en los hombres. Es un recuerdo, una ilusión.
Y ¿qué decir de la madera de la
encina? La mejor leña para el carbón de asados, carbón de encina,
cisco de roble, para herramientas de
carpintero, garlopa, cepillo y formón, melenas de campana, cuñas del arado,
badajos de aguisos y cencerros, piezas de cola de milano en el
ensamblaje de piedras en iglesias,
Hoy no hay conejos, ni perdices,
ni palomas, ni tórtolas, ni lagartos, ni lagartijas, ni…, ni ovejas, ni cabras,
ni pastores, ni personas, ni… ¿Habrá tarántulas, víboras, escorpiones…,
fantasmas…? El campo también se está vaciando de seres vivos. Hoy, Domingo de
Pascua El Carrascal está vivo, hermoso y alegre, pero mañana estará solitario
como los pueblos, y avanzando su reconquista por todo el término de Mieza.
En El Carrascal renacen jóvenes
encinas, se repuebla el bosque de ojaranzos, nos invaden las escobas, hay
sobreros soberbios, GIGANTES, aunque muchos han sucumbido a los años, al hacha
del leñador o al fuego devorador. Y el ser humano huye.
Entre tanta aspereza vamos a poner
un poco de color y sentimiento. En El Carrascal es abundante el arbusto
aromático o lavándula o cantueso, comúnmente llamado tomillo y en más vulgar el
tomillo borriquero. He visto cacarroyas y una flor de blanca novia
que podría ser la Estrella de Belén, leche de pájaro, que se abre a pleno sol y
se cierra al caer la tarde, la “dama de las once”; bonita luna de miel.
Sendereando con un biólogo por los Olivares encontramos varias orquídeas, y me
dijo, mejor no enseñarlas para que no desaparezcan.
Los golpes del hacha se expandían
por todo el Carrascal y los ecos resonaban lejos multiplicados en ecos secos y
entrecortados, amortiguados y enmadejados entre las ramas de las encinas. Oigo
una brisa que sacude el encinar, las hojas se asustan, revolotean y palmotean
unas contra otras como señal de alarma. Luego el viento sopla más fuerte,
produce gran estruendo, y una música turbulenta y medrosa que en el atardecer
estremece a las almas que vagan por allí. Ruge el vendaval y se orquesta una
sinfonía de ruidos entre las ramas, cada hoja vibra su nota y cada rama zumba
su acorde cercano o lejano, ruidos que se armonizan en melodías en el conjunto
en una sinfonía de brujerío. Surgen sombras fantasmales, medrosas. Cuando
ruge el Carrascal se acerca la tormenta, y brama el Duero, y se abroncan los
picones unos a otros y se oyen lamentos en las sombras. Se asustan las almas
medrosas. Los lugareños huyen. Huyen de los Olivares, de Las Arribes, del Carrascal.
Huyen a su hogar, al “Lugar”, a Mieza. Llueve. Terminó la fiesta campera.
Atardece. Huyamos de El Carrascal…
La luz del sol se apaga
entre encinas y sobreros,
picones y gamonales.
Oscurece. Sopla el viento.
Crujen troncos y piornales,
me asaltan sombras medrosas,
oigo voces sigilosas,
bramidos de carrascales…
Me da miedo. Tengo miedo.
Y mi sentimiento clama:
¿Por qué ruge El Carrascal?
Madre mía, di,
¿Por qué tus ojos, madre,
por qué lloran por mí?
Rugió el vendaval...
Pasó la tormenta. Pero el sobrero quedó herido.
Despojos de una
batalla de gigantes contra el fuego
martes, 9 de abril de 2019
Clok..., clok..., ¿se puede?
-Clok…, clok…, -llama uno de Mieza a una puerta en La Zarza. Es noche
cerrada.
-¿Quién va?, -responden- preguntando desde la cocina de la Zarza.
-Soy del pueblo de Mieza y vengo vendiendo enguilas.
-Pero, ¿cómo vienes a estas horas y con esta noche de boca de lobo? Pasa
y caliéntate.
-Los de Mieza no tenéis miedo a nada.
-Bueno, algo de miedo dan esos troncos de roble que de noche parecen fantasmas.
-Mete el mulo en la tenada y cena con nosotros.
-No, traigo la merienda en el fardel.

-Bueno, dale este kilo de enguilas a la mujer para que las fría y las cenamos esta noche al calor de la lumbre.
Ah, aquí en las alforjas tengo una botella de vino. Un poco levantao está, pero…, es lo que hay.
Cenaron una buena fuente de patatas con bacalao y detrás las ricas enguilas del Duero.
-Ayer mismo las pescamos en el Cachón. Ahora baja poco crecido el Río y nos permite
meternos en el agua, porque cuando baja
bravo, ¡carajo con el Duero!
Y ¿de qué familia eres? –preguntó
el de La Zarza-.
-Soy de los Tirariras por parte de padre y de los Meregildos por parte
de madre. Prima mía era la Pepa de Mieza, casada aquí en La Zarza con Paco.
-Pues era vecina nuestra, vivía calle abajo cerca de la iglesia. Una buena
mujer.
El de Mieza quería dormir en el pajar al lado del mulo. Pero no, durmió
plácidamente en un mullido colchón de lana. Por la mañana se despidieron y
quedaron como amigos de por vida Manolo el de La Zarza y Venancio el de Mieza.
Un fuerte apretón de manos. Sellado.
-Adiós.
-Adiós.
jueves, 4 de abril de 2019
Las Arribes de Mieza
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Hace sólo 60 años siete pueblos ribereños del Duero
formaban La Comarca de La Ribera, Saucelle,
Vilvestre, Mieza, Aldeadávila, Masueco, Pereña, todos apodados de La Ribera, excepto, Villarino de los Aires, y sus habitantes eran riberanos. Hoy nos han
invadido Las Arribes o Arribes las sin sexo. Ahora ya no es La Comarca de La
Ribera, es La Comarca de las
Arribes y sus habitantes
arribeños. ¡Alto!, Mieza tenía ya un topónimo, llamado Las Arribes, como ningún otro pueblo, topónimo que abarca la
escarpada ladera que se extiende desde el Arroyo del Valcoixo hasta la raya con
Vilvestre. La Comarca de La Ribera era un
territorio con caracteres étnicos muy especiales, en topografía, clima,
costumbres, lenguaje, entonación de voz. Los miezucos tienen dividido este
topónimo de Las Arribes en tres partes: Parte Arriba, Parte Enmedio y Parte Abajo, separadas por paredes, peñascos o
serrijones. En la Ribera de Mieza había ribera para los olivares, ribera para
vacas y ribera para cabras.
Hoy sendereamos por Las Arribes de la Parte Arriba.
Salimos de Mieza por el camino Vilvestre…, y llegamos a Las Escarbajas de
Abajo por un
camino encolagao de paredes. ¡Qué
trabajo construir tantas paredes piedra a piedra, agacharse a coger la piedra,
levantarse poner la piedra y volver a agacharse…! Avistamos la mancha oscura de
El Carrascal, viramos hacia el Camino real de Aceñas Pandera y al Mirador de La
Peña el Águila. Señores, estamos en la cota 636 y tenemos que descender a la
cota 190, a orillas del Duero. Abrimos el cañizo de Las Arribes y para
sumergirnos en el Cañón cerramos la escotilla de un submarino imaginario e
iniciamos la inmersión. Éste es un senderismo de bajura, de profundidades,
prototipo de Las Arribes. Pasamos por el Carvajal, lugar que fue de robles,
talados para hacer el cocido en tiempos de escasez de leña. Descendemos por
terreno escabroso, entre peñascales hijos que brotan de la tierra como La Pedriza de las
Roídas. Descenderemos 450
metros precipitantes al Duero. De frente en Portugal está El Arroyo, cuando
llueve, bien te va, pero cuando no llueve, bien jodía te va. No intentéis jugar con el agua de este Duero
mansurrón, ahí está el potencial dormido del agua y su fondo está a más de 60
metros bajo el agua. Las características de Las Arribes son: ROCA, ARBOLEDA,
AGUA, TEMPERATURA, DESNIVEL.
Seguimos por un antiguo sendero de vacas, cabras y
leñadores a la orilla del Río, al lado de la fuente del tío Miguel el Moizo, de
la huerta de naranjos y limoneros de José el Lairiñas el Regato; imaginaros la
huerta, porque está inundada 40 metros bajo el agua; hace 60 años sus limones
ganaron premios en Madrid por sus medidas y por su jugosidad; aquí, lugar que
fue de riñas y picardías entre el dueño de la huerta y los dueños de las vacas
por desviar el agua de la fuente, uno a la huerta y otros a las vacas, y entre
el de la huerta y la empresa constructora del embalse. Dejamos el sendero que orilla
el Río y comenzamos la subida por La Era, un rellano donde descansaban y
sesteaban las vacas durante ocho meses. Aquí, deteneos antes de mirar las
musarañas del paisaje, ahora mirad hacia arriba, a los cimeros, esos picones
ceñudos, Polifemos testarudos, vigilantes, provocantes y amenazantes desde
arriba con lanzarte un pedrusco, esos Polifemos de un solo ojo que lo giran
como los camaleones a medida que gira la luz solar y los hace cambiar de
imagen, te parecerán un jorobado de Notredamme, luego un buda pancista y
después... Recuerda la novela Peñas Arriba de José Mª de Pereda. Más tarde al atardecer cuando el sol declina a
Portugal y los picones portugueses proyectan sus sombras, que cruzan el Río,
trepan por estas laderas de España e inundan de sombras el Cañón como un
tsunami. Se va la luz del sol con una lentitud que conmueve, como se van las
gentes de estos pueblos y avanzan las sombras taciturnas de la soledad. Las
grajillas secretean historias espeluznantes para añadir misterio al abandono
crepuscular. La noche tiende su manto como un mantra estremecedor. Éste es un
espectáculo que pocos han observado.
Buscad la naturaleza que está escondida detrás de la
bulla de la gente. La naturaleza no es perversa, pero tampoco es humana, la
humanizamos o pervertimos nosotros, y ella trata a los humanos como si fueran
garrapatas cuando la molestan. Subiremos entre el verde vicioso de los
hojaranzos recién pintados por la primavera. Cuando veáis un yedral que repta
picón arriba intentando abrazarlo, recordad a nuestros abuelos de hace 60 años,
cuando, uno de ellos se ataba con una soga como arnés desde lo alto del yedral
y el otro tensaba la soga pasándola por una peña o tronco de hojaranzo dándole
cuerda a medida que el primero iba descendiendo y desprendiendo la manta del
yedral de la pared del picón. Cuando conseguía mondar toda la manta del yedral
formaban dos o tres cargas de ramón para las ovejas. Pero seguro que tenían que
llevarla a hombros doscientos metros hasta el cargadero próximo donde había que
cargarla en los mulos. Vida dura.
Subimos por el camino del caño. En Las Arribes había
mucha agua de manantiales, hoy se están secando como los pueblos. Hace 60 años
estas Arribes estaban cruzadas por senderos de cabras y vacas para ramonear y
beber en el caño y otras fuentes. Más arriba está El Genechal, un lugar donde
en verano se formaba un bosque de enormes helechos, que segaban y hacían haces
para tostar los cebones en las matanzas. Vida dura.
Celtis australis, almez, lodón, hojaranzo… a mí me
habla el hojaranzo. El hojaranzo de hoja caduca se desarrolla en climas
mediterráneos y húmedos, en terrenos ácidos erosionados de la roca. Ay, esta
Arribes que daban de comer en invierno durante ocho meses a cientos de cabras y
vacas, abastecían de escobas, escañabones, leña de hojaranzos (mala leña) para los morillos de las cocinas.
Hojaranzos que, antes eran escasos, pero hoy invaden Las Arribes y forman el
mayor bosque de la península, que suministraban la madera para hacer varas de
arados, yugos, barzones, horcas, rastrillos, bieldos y bieldas para las parvas,
bastones, cayadas, ahijadas, manceras, aros para hacer los quesos, suelos de
las chancas (las cholas, antiguo calzado que yo usé de rapá)…vigas de
techumbres, mangos de azadas, zachas y azadones. Yo, de rapá, cuando mis
hermanos me decían que iban para Las Arribes les pedía que me trajesen graninas, el fruto del hojaranzo, unas bolitas de color negro
y sabor dulzón. Las Arribes solucionaban muchos problemas a los riberanos en su
vida dura.
Las Arribes fue una finca muy importante para Mieza,
no era comunal, tenían dueños aunque en pro indiviso y eran alquiladas por
ganaderos de Cabeza el Caballo, Saldeana, Barruecopardo. Su temperatura media
es de 17 grados, la máxima de 46 grados. El paraje de Las Arribes es una franja
de cinco kilómetros y medio de larga por unos 700 metros de ancho en una ladera
con a veces del 80% de pendiente a la orilla del Duero, que resultan unos
3.800.000 m2, 381 Ha. Aquí, entre derrizas de canchales o picones,
estos árboles forman un bosque casi continuo, retienen el terreno y aportan
materia orgánica. Las cabras han desaparecido totalmente y las vacas se han
reducido a la mitad por lo que los hojaranzos crecen ahora libremente sin ser
ramoneados en estas fuertes pendientes, en las torrenteras, entre los picones
que sombrean, y a la vera del gran Río. En la ruta conoceréis sus flores
diminutas pues florecen entre marzo y abril y podréis observar aún cepas
cortadas para leña hace 60 años. Por esto el 100% de los hojaranzos de Mieza
son ejemplares jóvenes que miden unos 12 metros de altura, pero alcanzarán los
20 ó 25 metros. El reciente descubrimiento por los ecologistas de este gran
bosque de almez tiene interés para ser protegido a nivel nacional y europeo por
eso prefieren no airearlo a la publicidad.
La parte más abrupta es La Parte Arriba donde todos
los años se esfayaba alguna vaca y
varias cabras quedaban empoyadas, a donde tenían
que acceder sus dueños atados con sogas, para sacar la cabra atada y luego
sacaban al que había accedido al poyo. Para evitar esta desgracia tapaban el
paso a estos sitios peligrosos con troncos de hojaranzos, zarzas y escobas,
llamados tapiles, para que el
ganado no entrase a comer los renovales tiernos, ramas de hiedra o forrajes que
estaban en sitios peligrosos. En la Parte Abajo el hojaranzo es vecino de
encinas y sobreros en El Carrascal y rodeado de grandes escobales en los cimeros. El señor Isaac de Saldeana por
los años 1960 se hizo rico manteniendo 130 cabras y 56 vacas en la Parte Abajo
durante 8 meses desde Los Santos a San Pedro; el matrimonio con 8 hijos dormía
en la Casa de los cabreros, donde alimentaban los cerdos con el suero de hacer
el queso e iban a vender la leche a Mieza.
Los dueños de Las Arribes podían meter vacas según
tuviesen una, dos o más partes, o fracciones de una parte. Las cuatro cuartas
partes de una parte equivalían a las cuatro patas de una vaca. Esto se traducía
en que si tenía una parte (con sus cuatro cuartas partes equivalentes a las
cuatro patas de una vaca) podía meter una vaca todos los años; los de media
parte (dos cuartas, dos patas) podía meter una vaca cada dos años y el de una
cuarta parte podía meter una vaca cada cuatro años, porque no tenía más que una
pata. Y cada una de estas partes podía ser heredada, arrendada o vendida.
Solamente los dueños podían entrar a cortar leña, escobas, escañabones, troncos de hojaranzo (mala leña) para la lumbre,
y esto, sólo en la zona que los comisionados de Las Arribes les habían asignado
previamente a cada dueño, por lo cual podía ser multado por el guarda de Las
Arribes. Las Arribes de la Parte Abajo tenían un Guarda o Montaraz propio,
encargado de ellas. Este Montaraz hacía un contratado cada año con los
comisionados, elegidos de entre todos los dueños, valedero por un año, del uno
de julio al treinta de junio del año siguiente. Este Montaraz tenía en el año
1899 un sueldo total de cien pesetas pagaderas por trimestres más las
comisiones de dos vacas. Además recibía cuatro reales por guardar las reses.
Entre sus obligaciones estaba la primera, guardar el terreno, maderas, leñas y
escobas, dando parte en el término de veinte y cuatro horas a los amos. El
guarda debería vivir la mayor parte del año en la cabaña de Las Arribes o en
alguna otra del Carrascal para vigilar más de cerca. Los dueños del terreno
podían despedir al guarda en cualquier momento “si extrajera del
terreno, escobas, leñas o maderas; él podrá traer cada ocho días una carga de
escobas para su casa pero nunca cederla”. Entonces las escobas se utilizaban a todas las horas para encender la
lumbre en casa, se vendían para calentar el horno de la panadería, o se usaban
para trocearlas y extenderlas en los corrales o en zonas pantanosas de los
caminos para estiércol, donde eran pisoteadas y estercadas por el ganado
Los desamparados de la fortuna sólo podían cosechar
hambres por respirar el aire, como no podían ir a por leña no se calentaban, y
para cocer la comida no necesitaban leña porque no tenían comida. Vida dura. En
aquel entonces, si al entrar en una cocina ardía una lumbre generosa en calor y
en resplandor, era signo de bienestar. Para esto utilizaban la leña de Las
Arribes, escañabones, hojaranzos, encinas,
robles muy escasos, escobas, las podas de árboles frutales, vides, olivos,
encinas, carrascos, que aprovechaban para el ramón de las ovejas en invierno.
El Carrascal era un espacio abierto que podían correrlo las piaras, pues apenas
había cercados y a veces las encinas y alcornoques eran marcados con varios
cortes como señal de propiedad porque a veces estaban enraizados en tierras
ajenas.
El último tramo del sendero por los cimeros es una
fantasía empingorotados por la crestería de una sierra. En la quebrada de la
tía Teresilla está el Picón del Valcoixo donde hay un agujero para acceder a
dicho picón, y una vez arriba se anda con seguridad, desde donde Federico el
Cantarranas vigilaba y al atardecer arritaba las cabras para que retornasen.
Viajero,
si te sientes
en vaivenes de tumultos y revueltas un madero …
ven a Mieza.
Acércate…,
sumérgete…,
relájate…,
entrégate…
Senderea
entre peñas y
hojaranzos piconeros.
Sosiégate.
Mochilero,
Quédate.
Venancio Pascua Vicente
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