lunes, 9 de septiembre de 2019

EL DESPERTAR DE MI PUEBLO

La noche cubre con su manto oscuro al pueblo de Mieza que dormita aún su pereza. Las sombras siguen agazapadas en los rincones de las alcobas, de las cocinas, bajo los cabañales de los corrales, resistiéndose a ser borradas por la luz de la alborada que despunta ya por los cerros. Los luceros se han apagado. Las calles están vacías, silenciosas. Mi pueblo duerme.
Una mujer despecha desde dentro la puerta de su casa y abre el cuarterón, saca su cabeza desgreñada y mira como con desconfianza a uno y otro lado de la calle; deja el cuarterón abierto como diciendo: ya estoy en pie de tarea y al momento su chimenea comienza a vomitar un tímido humo grisáceo adornado de volutas y penachos. Se oye el leve rumor de las hojas temblorosas en las acacias de Las Eras, seguido del relincho de un mulo, el bramido de una vaca…; un hombre entra en el corral a echarles la postura de la mañana. Canta un gallo…, luego dos gallos…, y al final toda una algarabía en el gallinero que espera a que el ama les ponga el mecío de agua y salvaos, y se oye: “pita, pita, pita…, piru, piru, piru…” Una gallina se ha vuelto loca cacareando el huevo que acaba de parir. Las vacas y los becerros mugen, algún rebuzno, ladridos de perros, las ovejas berrean en los corrales pidiendo salir al campo. Mi pueblo reballa.
Todas las cocinas fuman las pipas de sus chimeneas, huele a borrajos, a tocinos con huevos fritos y a pucheros espumando las patatas para el desayuno. El gañán apura su pinga de aguardiente para limpiar las telarañas del callejón de las sopas. Carraspea. Los rebadanes ordeñan las ovejas en las cuadras. Silbidos de tordos en las alamedas, algarabía de pardales que en bandadas aburren con su canto monótono en las tenadas y picotean los cagajones en las calles. El gato, que ha estado de juerga por la noche, dormita y runrunea al lado de la lumbre con el rabo alrededor de sus patas. El sol destella por el cerro de La Laguna. Mi pueblo está despierto.
Es otoño. Hace dos días un nublado bendijo a mi pueblo durante la noche con una lluvia fina para que el sembrador insemine las cortinas de nabos y herrén y abra las besanas para la sementera; el labrador no ha dormido del contento, oyendo el ruido del agua sobre los tejados y la risa de las canales meándose sobre el empedrado de las calles. Los mulos apuran su postura antes de que el amo les cargue el arado para la labor, o prepare los yugos y coyundas para uñir la pareja de vacas. Salen los rebaños de ovejas a comer la otoñada que ha brotado en las eras y en los linderos de los caminos. Ya tenemos, sol, agua, aire, tempero y allá en el fondo, el eterno olvidado, el padre Duero que murmura su canción no escuchada. El campo cobra vida.
El sol remonta la cúpula celeste borrando neblinas matinales. Los mulos hacen restrallar las herraduras de sus cascos sobre el empedrado de las calles. Los rebaños de ovejas suben por Las Eras alegrando la mañana con el cascabeleo de sus aguisos. Algunas mujeres encaminan sus cabras a La Majá para que los cabreros Federico el “Cantarranas” y Jacinto el “Sin Manos” las lleven a Las Arribes. Los rapaces alborotan camino de la escuela. Mi pueblo es un hormiguero.
El sembrador montado en su mulo sobre el arado va camino de Navancha (Nava ancha), este año la hoja meseguera está en la Parte Enmedio. En las alforjas lleva su merienda en el fardel y el pienso para su mulo en el morral. El rocío brilla y tiembla suspendido de las hierbas secas del camino. Llegan al cerrao y, mientras el mulo arrebaña las hierbas secas del lindero, el sembrador abre el saco de la semilla que ha seleccionado, la esparce a voleo, uniformemente y con mimo para que no salte las lindes de su tierra y no brillen calvas en el maraojo. Esta semilla, que hoy es oro, sueña con ser espiga granada, trillada y aventada en la era, ser molida, harina, masa y pan crujiente. El sembrador sueña y canta:

“Cuando siembro voy cantando porque pienso que al cantar
con el trigo voy sembrando mis amores al azar…
Y el grano arrojo con tanto brío
que me parece que el mundo es mío…
¡Ah!, sembrador
que has puesto en la besana tu amor
la espiga del mañana
será tu recompensa mejor.
…………………………………….
Y aguarda el porvenir, sembrador.”

El labrador unce el arado al mulo y traza los primeros surcos como en borrador, guiando al mulo con los raberos, a las palabras tesa, arre, y ajusta la arada a la linde irregular del cerrao; al tercero saca un surco recta de tiralíneas. El sol remonta la cúpula celeste y el tempero de la tierra se va haciendo multicolor a medida que se airea y avanza la arada; algunos pájaros picotean en la besana buscando una lombriz. El sembrador empuja la mancera para que el arado se hinque en la tierra y ésta, al paso del arado, abra sus brazos maternos, esponje su vientre, cubra la semilla y queda preñada, mientras el sembrador se emociona y piensa en su mujer que está embarazada y canta, canta a su mujer y a su hijo y sueña con la espiga dorada del mañana. Hoy todos sueñan, sueña la tierra, sueña el grano de trigo, sueña el sembrador en su mejor recompensa, el hijo y el pan. No hace viento, se oye nítida toda la música del campo, los cantos del sembrador, el grito del rebadán en Los Chagariles, los aguisos y el balar de ovejas, ladridos de perros y rebuznos de burros contestados desde puntos lejanos, relinchar de mulos, bramido de vacas en el caño del Ejido Abajo, el eco lejano del reloj de la torre. Los valles y cerros están llenos de ojos. El campo está vivo. El campo habla y se responde. El campo enseña a cantar y a ser poeta.
En el cruce de los caminos Barrueco y Cerezal hay una estridencia del silencio, han salido los rapaces al recreo llenando de voces y algarabía la mañana. A la media hora vuelve la paz porque han terminado su recreo. El sol está en lo más alto de la cúpula celeste.
Es la hora. Y nadie tiene reloj. El sembrador deja el arado en la reveza, pone el morral en el hocico del mulo y se sienta en una peña a comer su merienda. La tarde sigue más lánguida que la mañana, ya no hay siesta ni merienda, las flores quitameriendas llenan las eras. Cae la tarde y el sol está a punto de resbalarse por la cúpula celeste hacia Portugal. El labrador desunce el mulo y deja el arado en la reveza en descanso para el día siguiente. En un montón de piedras un mochuelo rechoncho chirría y vigila la tarde. Es hora de volver a casa. Cruje una zángana que saca agua del pozo y suena el pitido agónico y lejano del tren de Portugal. Las chimeneas exhalan el humo del calor del hogar; ahí está la madre. Los rapaces juegan en el Frontón de Las Eras. El hombre despacha los animales, aguza la reja embotada en la fragua de Toribio donde saltan las chispas por la ventana a La Colaguina y los repiqueteos sobre el yunque resuenan hasta Las Eras, mientras los hombres cotillean el tiempo y las tareas del campo. ¿De qué van a hablar, si no? Los hombres cotillean en la fragua lo mismo que las mujeres en la solana y en los pozos de lavar.
Los rebaños de ovejas y las vacas retornan lentas al lugar. Los tordos se refugian en bandadas ennegreciendo las alamedas de de la Fábrica y de La Moral de Abajo y lanzando silbidos tristes que aturden la tarde. Bajo los aleros y sobre los alambres de la luz las golondrinas preparan sus agrupaciones para emigrar a África. Termina el día y sus quehaceres. El sol se ha ido a dormir allende Portugal, pero madrugará y despuntará al día siguiente por La Laguna. Cantan los grillos en los praos de la Fábrica, una luciérnaga relumbia en un zarzal y en el Sierro un mochuelo vigila desde el buraco de una cerecera a un ratón entretenido en roer las bellotas caídas de un carrasco. Ha venido la luz y es hora de cenar y de programar las tareas del día siguiente. El día ya tiene sueño, se ha vestido su camisón oscuro de la noche y se va adormir. La luna en lo alto del cielo es una lechuza que contempla la paz de mi pueblo, al que adormece cantándole la nana del descanso. Mi pueblo duerme. ¿Despertará?
Esta fue Mieza hace 80 años. Recuerdos de realidad que fue. Y ya no es. ¿Desertores? Muchos. Yo.
Hoy, en mi pueblo, no hay 200 rebaños de ovejas, no queda ni una pareja de vacas. De los 200, “El mulo, tu mulo, su mulo, mi mulo”, sólo quedan 5 mulos carcamales, y 10 nostálgicos burros, como sus dueños. El campo se está plagando de escobas invasoras, punzantes piornos y ásperos carrascos. No canta el sembrador. No hay bautizos. Y todos tienen relojes. No vomitan humo las chimeneas. Las casas están ahí, vacías en invierno, como el cascarón de un caracol muerto. Mi pueblo, Mieza, se vacía de gente. ¿Debroca su vida? ¡Ah!, hay unos 72 tractores que dentro de pocos años serán chatarra. ¿Será mi pueblo, dentro de unos años, un pueblo vacío de sí mismo, pero inundado de turistas los fines de semana para admirar sus espléndidos Miradueros?
¿Tiene remedio? No. Ley histórica de evolución a mejor. ¿Responsables? Todos. Ninguno.

                                                                                   Venancio Pascua Vicente
                           
Publicado en el Programa de Fiestas de Mieza, 2019

martes, 14 de mayo de 2019

La España debrocada, la España vaciada



El horizonte que hoy diviso es la línea de fuga de mis recuerdos, de mis experiencias, de mis reflexiones, de mis sueños. En mi artículo AQUELLOS PUEBLOS… HOY VACÍOS, escribí: “…esta disputa del vaciado de los pueblos ha entrado en las carnicerías de los debates de partidos políticos para degollarse entre ellos”. Y esto ocurre en este diario con una voz vociferante del ÓN-psoe que culpa del vaciado de los pueblos al ÓN-pp. ¿Buscará alguna canonjía de subdelegación? La anterior curva, de Mieza donde fue alcalde, podría ser la de cualquier pueblo. Y pronto toca fondo. Y después… La política también tiene sus modas.
En estas largas y cansinas etapas electorales el tema de La España vacía ha irrumpido, en la literatura, periódicos, revistas, tertulias, mítines. ¿Es la España debrocada o vaciada en una bacía, palangana o jofaina? (En Mieza el verbo debrocar significaba vaciar el puchero del cocido o de patatas humeantes en la fuente de porcelana de la que comíamos todos). ¡Qué mal suena, La España vacía, vaciada, vomitada, como si el estómago de los pueblos debrocase a sus gentes en vómitos o diarreas! Nadie los provoca a vaciarse. Se van las gentes. Y esto no tiene remedio. Éste es un cambio socio histórico que hay que asumirlo. Lo que induce y provoca a que se marchen los campesinos a la metrópoli es porque quieren disfrutar de los beneficios que tiene la ciudad madre. Como hemos hecho muchos, desertores del mulo, del arado. ¿Vamos a negar al resto que hagan lo que hemos hecho muchos? Sobran hipócritas. ¿Cuánto tiempo hace que en muchos pueblos no nace un niño? ¿O será que los niños no quieren nacer en los pueblos? No hace falta ley del aborto. En alguna ciudad hay más chuchos censados que niños. Están mutando los conceptos de madre y de hijo. Y dicho con el mayor cariño a los de mi edad, en los pueblos sólo quedan viejos que no pueden ya trabajar esa “tierra de nadie”. Qué venga ahora la ley de la eutanasia, la ley de la buena muerte, y verán cómo se repuebla y reverdece esta tierra de nadie. ¡Qué ironía!
¿Con quiénes repoblarán estas tierras del Duero, tierras que en el siglo XI fueron ya “tierra de nadie”? ¿Ojalá algún rey leonés mande repoblar estas tierras regalando esta “tierra de nadie” a “los sin tierra”? Repoblar, ¿con quienes? ¿Con aquellas gentes francesas, vascas, asturianas, gallegas…? Pero si las gentes jóvenes que estaban en estos lares han emigrado a esos montes franceses, vascos, asturianos…. Fundarán monasterios para que a su alrededor surjan poblaciones, construirán pantanos como hizo Franco, el Innombrable, donde surgieron poblados en la construcción de los saltos y donde los carrilanos alquilaban viejas cuadras para viviendas en los pueblos circunvecinos, o vendrán las hordas de vándalos y alanos. Luego vi cómo eran abandonados los poblados de los saltos, Castro, Villalcampo, Saucelle, Aldeadávila, Villarino, casas con comodidades, y ahí están desiertos. Y las primeras que emigraron fueron las esposas para llevar a sus hijos a los colegios, controlarlos en la ciudad, mientras el marido se quedaba solo en el poblado con el tractor de su trabajo. Hoy los pueblos de La Ribera miran con envidia a los pueblos, Saucelle, Aldeadávila y Villarino porque sus Ayuntamientos tienen sobreabundantes beneficios de dichas centrales para clientelar a sus habitantes. No obstante, mirad la evolución de su población del año 1960 al 2018.


¿Qué harán el resto de pueblos de La Ribera que no tienen una central eléctrica? O de qué beneficio público será necesario dotarles para adicionarlos al terruño. ¿Un PER? Todas las migraciones navegan a mejor Cuando algunas gentes tuvieron que abandonar su pueblo porque aquellas tierras iban a ser inundadas por las agua de un embalse, lo hacían con rabia contenida, arrastrando el alma con tristeza cuajada de lágrimas. Hoy las gentes abandonan los pueblos con la ilusión de mejorar y dejan al pueblo inundado de soledad, silencio, muerte. Hoy se está haciendo política de “el vaciado de los pueblos”. Algún partido político ondea como bandera la promesa de corregir esta despoblación, o, mejor dicho, lanza como dardo contra el adversario culpándole de esta despoblación en los últimos 30 años. Oiga, señor político, que hace ya más de 60 años que ocurre esto. Y en estos 60 años ha habido dictadura, demócratas rojos y azules gobernando. Pondrán remiendos floreados durante las elecciones, pero el alma de los pueblos está enferma y se vaciarán porque no brotan renuevos y porque se mueren los viejos troncos por falta de vida y por aburrimiento. Decía Juan Ramón Jiménez: Se cruzan solitarios // mi corazón y el campo.
Hace tan solo 60 años las gentes que pateaban estas tierras, laboraban los olivares, araban esos sierros, cultivaban las cortinas cercanas al pueblo, regaban los huertos al lado de las casas… Eran pobres autárquicos, se auto-abastecían, porque comían lo que auto-producían de lo que auto-trabajaban. Pero como hoy afortunadamente cobran su corta pensión les es más cómodo comprar en la tienduca del pueblo o esperar a que venga la furgoneta una o dos veces a la semana y comprar. Les es más cómodo comprar que trabajar el huerto o criar el cerdo. Entonces, si no se trabaja el campo del pueblo, ¿para qué ir al pueblo? No hay campesinos que cultiven la tierra y críen ganado para su propio consumo. Son viejos, sin relevo generacional, el campo es demasiado duro, demasiado rústico, demasiado sucio, la cuadra con pulgas, el corral con las enormes cagadas de las vacas, las cagalitas de las ovejas, las gallinazas de las gallinas…, la paja, la alfalfa, las moscas, las garrapatas, el barro, todo demasiado sucio. En el campo hay más espacio libre pero en la metrópoli tienen al lado el centro médico, el hospital, la farmacia, el colegio, el puesto de trabajo, la guardería, el supermercado, el quiosco, la iglesia, las actividades para niños, el parque, autopistas de banda para móviles… y, como no son tontos, terminan abandonando el sucio morillo. ¿Será ésta la tierra prometida que mana leche y miel? ¿Es una necesidad el espacio libre? Pero sin arcadia pastoril ni agraria. Y los padres quieren que sus hijos vayan a inglés, al gimnasio, a tocar la flauta…, la mamá a taichí, a taekwondo, a zumba, a la piscina climatizada, a rehabilitación…, el marido al futbol, al centro del dolor, al centro de día, al hogar de mayores…, Salir a la calle, aunque sientan la soledad anegados en mares de gente. Ver a alguien. Oír ruido. Salir de su monotonía. La TV puede llegar a ser algo insoportable.
El trabajo, los servicios, el bienestar están centralizados en los núcleos urbanos, por esto la metrópolis succiona a los campesinos. Antes existían en los pueblos de la Andalucía rural, de Extremadura, de ambas Castillas, de Galicia…, “los sin tierra”. Hoy las tierras siguen ahí y serían de aquellos, “los sin tierra”. Pero estos no las quieren ahora, porque es muy duro y muy sucio trabajarla.
En 1960 Mieza tenía 1202 habitantes, en 2018 sólo tiene 208 en cuyo período ha habido gobiernos centrales, autonómicos, alcaldes, rojos y azules. Cuando haya pasado la tormenta de las elecciones, tal vez no se vuelva a hablar de La España vaciada sobre todo si ganan los que usan esta despoblación como pólvora. ¡Qué vuelvan ellos al pueblo, cojan la zacha, empuñen la mancera y aren estos sierros. Qué vengan e instalen aquí su Moncloa, el Pedro Picapiedra y el Pablo, traigan a su Vilma y a su Betty, y a sus recentales a jugar con el barro de los pueblos. Aún no se ha inventado el antibiótico contra la despoblación.
¡Qué mal suena La España vaciada! Y seguirá descompuesta, con su sangría, su diarrea y su vomitona. Es muy fácil afirmar, sin presentar estadísticas, que tal región sigue siendo la región española que más población ha perdido. ¿Ha visitado usted los pueblos del Pirineo oscense, de Castilla La Mancha, de la Andalucía rural, de el Teruel prototipo de la España vacía? Nuestros pueblos tan próximos, como Fornos y Lagoaça también pierden población. Por los años 1970 conocí pueblos vacíos de Huesca que fueron ocupados por hippies, y hubo una esperanza con aquellos hippies románticos, ocupas que dijeron me vuelvo al pueblo. Y ocuparon las casas abandonadas…, pero pronto volvieron a abandonarlas porque no querían trabajar y se aburrieron. El pueblo no los escrachó, ellos mismos abandonaron su plan de vagancia y su mismo aburrimiento los vomitó a la ciudad. Ni los ocupas de la ciudad vienen a ocupar los pueblos vacíos. Algún día la despoblación se solucionará por sí misma, cuando ya no haya gente para emigrar.
Venancio Pascua Vicente

sábado, 27 de abril de 2019

La Pascua de Mieza en el Carrascal


Mieza tiene cuatro parajes espectaculares por su personalidad, su orografía y su sorprendente belleza: Los Reventones con su Miraduero La Peña La Salve, La Code, Las Arribes con su Miraduero La Peña el Águila y El Carrascal con El Mirador del Cura. Los miezucos cambian de Miraduero para no aburrirse de admirar tanta belleza en lontananza.

El pasado domingo, día 21 de abril, Mieza celebró su Pascua con una fiesta campera en El Carrascal, a tres kilómetros de Mieza y lindante con el término de Vilvestre. En cualquier claro del monte había mesas de camping, coches y mucha gente. Desde Mieza se accede al Carrascal por el camino real de Las Aceñas de Pandera y por el Camino Vilvestre, hasta Las Escarvajas de Arriba, cerca ya del picón del Mormeral, un desvío por la rodera de Valdelaviña al lado del caño Milredondo. Desde Vilvestre venía otro camino, hoy usurpado a lo público por fincas particulares, hasta el camino de Pandera cerca del Mirador del Cura. De lejos El Carrascal es una mancha oscura, pardusca y sombría de encinas verdinegras y parduscos sobreros o alcornoques, en un terreno con ligeras ondulaciones al borde de Las escabrosas Arribes. Hace años El Carrascal retrocedía ante la invasiva tala de leña para la lumbre. Hoy, ante el abandono del campo, El Carrascal, ahora invasivo él, reconquista su antiguo terreno.

Pasamos al lado del Pilar del Valle la Cruz, de El Teso las Chinas entre viejos vergeles centeneros cercados todos con muros de piedra, del Miraduero La Peña el Águila, atravesamos el Arroyo el Tuerto, dejamos a la izquierda el Arroyo Los Pajares y un poco más adelante, ya en El Carrascal, saludamos Las Tres Marías madres, tres encinas alineadas a la orilla del camino, de las que sólo quedan ya dos. Hace años los pastores que guardaban sus piaras de ovejas en el Carrascal se daban cita en este punto para regresar juntos a Mieza. Es El Carrascal. Antonio Machado canta, Encinares castellanos // en laderas y altozanos...
Soledad sonora que vibras en mí.
En El Carrascal había fincas productivas como la huerta de Los Saqueros, atravesada por el regato Milredondo, y que abastecía de pimientos, cebollas, ajos, a los pueblos de la redonda. En Saucelle decían, “¡Qué buenas cebollas se crían en Mieza!” Alto ahí, las cebollas no engordaban por el aire, si no por el buen trabajo y el abono con cagalitas de cabras que compraban al tío Isaac en la Casa de los cabreros. El Duero criaba buenos peces y ricas enguilas pero había que ir a por ellos y mojarse el culo. Dentro de la finca de Los Saqueros está la ermita de San Amao, hoy convertida en cuadra, y que dio nombre a este topónimo de San Amao. Antes de esta ermita, hubo otra al santo en la orilla del Rio en Las Aceñas de Pandera donde, al decir de los miezucos, unos pescadores de enguilas rescataron la imagen de San Amaro, que abreviaron a San Amao, le erigieron allí una pequeña ermita, desde donde los mozos de Mieza subían al santo hasta la pradera del actual San Amao y a donde se acercaba el pueblo en romería a pasar el día. Tal vez de esta vieja costumbre renazca la fiesta del actual Domingo de Pascua. Después subieron definitivamente al Santo hasta esta ermita de El Carrascal y actualmente dicha imagen, recién restaurada, está en la ermita de San Pedro en el Cementerio. Echad un vistazo a la Casa de Cabreros, al Mirador del Cura en finca privada, a Montegudín y a Las Conejeras.
El Carrascal estaba antes todo abierto donde pastaban libres piaras de ovejas y cabriás. Ahora todo son matujos de ásperos carracos, punzantes jumbrios, escobas, escañabones, jedigueras, gamonales, lecherenas (lechetreznas), (cuidado los rapaces traviesos con la leche de esta planta), y todo cercado de alambradas. Cada encina y cada sobrero tenían su dueño a veces marcados con cortes como hierro de propiedad, pues a veces estaban enraizados en tierras ajenas. En este Carrascal ya no suena el hacha del leñador porque está prohibido cortar árboles y porque ya no hay hombres que gateen para subir a cortar ramón o a varear la bellota. Eran hábiles, trepando sin escaleras como guepardos por el tronco al alcornoque o ayudados desde lo alto del mulo, se movían como monos sin arneses por las ramas con la podadera sujeta al cinto en la parte posterior a cortar ramón o a varear la bellota y luego apañarla una por una a riñón doblado. Vida dura. Si cogían dos o tres sacos de bellota la guardaban para echársela a los cebones en el mes de noviembre, mezclada con un poco de brujo, restos de la cuña y la piel de aceituna después de haberla triturado y prensado en la almazara, junto con unos polvos de harina.
Estas encinas pueden alcanzar los 10 metros de altura. Su tronco, áspero, grisáceo, retorcido, revestido de líquenes, y en su copa amplia y ramificada hasta llegar casi al suelo, anidan rabilargas, palomas, tórtolas; de sus ramas penden orugas balanceándose y formando procesiones, arañas tejiendo su red para atrapar las moscas voladoras, en sus coqueras se refugiaban el mochuelo, la lechuza, la comadreja, algún enjambre de abejas o avispas, el lagarto, la lagartija, y en sus raíces la madriguera de algún conejo. Toda una fauna en su tronco chaparro. Paséate por El Carracal y no encontrarás un sobrero o una encina que no tenga su coquera, como todos los humanos. Sus flores en formas de racimillos amarillentos y ocres, con el haz verde-oscuro de sus hojas y el envés revestido de una capa blanquecina.
El alcornoque es más altivo, su copa más abierta y su bellota más chata, arropa su tronco con un refajo de corcha gris que luego los humanos desnudan su barriga cada 9 años y lo dejan con el culo al aire. ¿Qué tendrán la encina y el alcornoque? Ambos dan el fruto de la bellota tan sabrosa para los cerdos, y estos tan gustosos para los humanos, a los que no les gusta ser llamados belloteros, sin embargo para valorar un jamón lo predican de bellota y las abejas cocinan la miel de encina. La bellota, un bien escaso, como todo bien en aquellos años de escasez, de los higos pasos, las castañas pilongas, hasta las bellotas eran apreciadas para comer. Algo tendrán las encinas que producen jamón de bellota y miel de encina. Tenían que estar atentos para recoger la bellota antes que otro la aventase. Nuestro Luis de Góngora se regocija en Ande yo caliente y ríase la gente…,sin calefacción ni televisión, con,
«Cuando cubra las montañas
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas…,
…y ríase la gente».
El aire penetra en sus copas, se cuela por entre por las ramas haciendo palmotear y abanicar sus hojas produciendo vibraciones sonoras. Qué suerte tenían los miezucos, pues la hoja de la encina, del alcornoque, de la oliva, del quejigo, es perenne y renovable, para disponer del ramón de roije de las ovejas y cabras en los crudos meses del invierno. Aquellos desheredados de la fortuna, sin tierra para trabajar, sólo podían cosechar hambres; no podían ir a por leña para calentarse ni para hacer la comida, para lo cual no necesitaban leña porque no tenían qué comer. Ay si nos hablara La Senara del los Tararos.... Oigo a un miezuco que subido en una encina corta ramón para las ovejas y canta: Carbón de encina, cisco de roble, // la confianza no está en los hombres. Es un recuerdo, una ilusión.
Y ¿qué decir de la madera de la encina? La mejor leña para el carbón de asados, carbón de encina, cisco de roble, para herramientas de carpintero, garlopa, cepillo y formón, melenas de campana, cuñas del arado, badajos de aguisos y cencerros, piezas de cola de milano en el ensamblaje de piedras en iglesias,
Hoy no hay conejos, ni perdices, ni palomas, ni tórtolas, ni lagartos, ni lagartijas, ni…, ni ovejas, ni cabras, ni pastores, ni personas, ni… ¿Habrá tarántulas, víboras, escorpiones…, fantasmas…? El campo también se está vaciando de seres vivos. Hoy, Domingo de Pascua El Carrascal está vivo, hermoso y alegre, pero mañana estará solitario como los pueblos, y avanzando su reconquista por todo el término de Mieza.

En El Carrascal renacen jóvenes encinas, se repuebla el bosque de ojaranzos, nos invaden las escobas, hay sobreros soberbios, GIGANTES, aunque muchos han sucumbido a los años, al hacha del leñador o al fuego devorador. Y el ser humano huye.
Entre tanta aspereza vamos a poner un poco de color y sentimiento. En El Carrascal es abundante el arbusto aromático o lavándula o cantueso, comúnmente llamado tomillo y en más vulgar el tomillo borriquero. He visto cacarroyas y una flor de blanca novia que podría ser la Estrella de Belén, leche de pájaro, que se abre a pleno sol y se cierra al caer la tarde, la “dama de las once”; bonita luna de miel. Sendereando con un biólogo por los Olivares encontramos varias orquídeas, y me dijo, mejor no enseñarlas para que no desaparezcan.
  

Los golpes del hacha se expandían por todo el Carrascal y los ecos resonaban lejos multiplicados en ecos secos y entrecortados, amortiguados y enmadejados entre las ramas de las encinas. Oigo una brisa que sacude el encinar, las hojas se asustan, revolotean y palmotean unas contra otras como señal de alarma. Luego el viento sopla más fuerte, produce gran estruendo, y una música turbulenta y medrosa que en el atardecer estremece a las almas que vagan por allí. Ruge el vendaval y se orquesta una sinfonía de ruidos entre las ramas, cada hoja vibra su nota y cada rama zumba su acorde cercano o lejano, ruidos que se armonizan en melodías en el conjunto en una sinfonía de brujerío. Surgen sombras fantasmales, medrosas. Cuando ruge el Carrascal se acerca la tormenta, y brama el Duero, y se abroncan los picones unos a otros y se oyen lamentos en las sombras. Se asustan las almas medrosas. Los lugareños huyen. Huyen de los Olivares, de Las Arribes, del Carrascal. Huyen a su hogar, al “Lugar”, a Mieza. Llueve. Terminó la fiesta campera. Atardece. Huyamos de El Carrascal…

La luz del sol se apaga
entre encinas y sobreros,
picones y gamonales.
Oscurece. Sopla el viento.
Crujen troncos y piornales,
me asaltan sombras medrosas,
oigo voces sigilosas,
bramidos de carrascales…
Me da miedo. Tengo miedo.
Y mi sentimiento clama:
¿Por qué ruge El Carrascal?
Madre mía, di,
¿Por qué tus ojos, madre,
por qué lloran por mí?
Rugió el vendaval... Pasó la tormenta. Pero el sobrero quedó herido.

Despojos de una batalla de gigantes contra el fuego

martes, 9 de abril de 2019

Clok..., clok..., ¿se puede?

-Clok…, clok…, -llama uno de Mieza a una puerta en La Zarza. Es noche cerrada.
-¿Quién va?, -responden- preguntando desde la cocina de la Zarza.
-Soy del pueblo de Mieza y vengo vendiendo enguilas.
-Pero, ¿cómo vienes a estas horas y con esta noche de boca de lobo? Pasa y caliéntate.
-Vengo de La Vídola por el Puente Robledo. Estoy arrecido de frío.
-Los de Mieza no tenéis miedo a nada.
-Bueno, algo de miedo dan esos troncos de roble que de noche parecen fantasmas.
-Mete el mulo en la tenada y cena con nosotros.
-No, traigo la merienda en el fardel.

-Deja el fardel para mañana.


-Bueno, dale este kilo de enguilas a la mujer para que las fría y las cenamos esta noche al calor de la lumbre. 
 Ah, aquí en las alforjas tengo una botella de vino. Un poco levantao está, pero…, es lo que hay.
Cenaron una buena fuente de patatas con bacalao y detrás las ricas enguilas del Duero.
-Ayer mismo las pescamos en el Cachón.  Ahora baja poco crecido el Río y nos permite meternos en el agua,  porque cuando baja bravo,  ¡carajo con el Duero!
­Y ¿de qué familia eres?  –preguntó el de La Zarza-.
-Soy de los Tirariras por parte de padre y de los Meregildos por parte de madre. Prima mía era la Pepa de Mieza, casada aquí en La Zarza con Paco.
-Pues era vecina nuestra, vivía calle abajo cerca de la iglesia. Una buena mujer.
El de Mieza quería dormir en el pajar al lado del mulo. Pero no, durmió plácidamente en un mullido colchón de lana. Por la mañana se despidieron y quedaron como amigos de por vida Manolo el de La Zarza y Venancio el de Mieza. Un fuerte apretón de manos. Sellado.
-Adiós.
-Adiós.