martes, 9 de abril de 2019

Clok..., clok..., ¿se puede?

-Clok…, clok…, -llama uno de Mieza a una puerta en La Zarza. Es noche cerrada.
-¿Quién va?, -responden- preguntando desde la cocina de la Zarza.
-Soy del pueblo de Mieza y vengo vendiendo enguilas.
-Pero, ¿cómo vienes a estas horas y con esta noche de boca de lobo? Pasa y caliéntate.
-Vengo de La Vídola por el Puente Robledo. Estoy arrecido de frío.
-Los de Mieza no tenéis miedo a nada.
-Bueno, algo de miedo dan esos troncos de roble que de noche parecen fantasmas.
-Mete el mulo en la tenada y cena con nosotros.
-No, traigo la merienda en el fardel.

-Deja el fardel para mañana.


-Bueno, dale este kilo de enguilas a la mujer para que las fría y las cenamos esta noche al calor de la lumbre. 
 Ah, aquí en las alforjas tengo una botella de vino. Un poco levantao está, pero…, es lo que hay.
Cenaron una buena fuente de patatas con bacalao y detrás las ricas enguilas del Duero.
-Ayer mismo las pescamos en el Cachón.  Ahora baja poco crecido el Río y nos permite meternos en el agua,  porque cuando baja bravo,  ¡carajo con el Duero!
­Y ¿de qué familia eres?  –preguntó el de La Zarza-.
-Soy de los Tirariras por parte de padre y de los Meregildos por parte de madre. Prima mía era la Pepa de Mieza, casada aquí en La Zarza con Paco.
-Pues era vecina nuestra, vivía calle abajo cerca de la iglesia. Una buena mujer.
El de Mieza quería dormir en el pajar al lado del mulo. Pero no, durmió plácidamente en un mullido colchón de lana. Por la mañana se despidieron y quedaron como amigos de por vida Manolo el de La Zarza y Venancio el de Mieza. Un fuerte apretón de manos. Sellado.
-Adiós.
-Adiós.

jueves, 4 de abril de 2019

Las Arribes de Mieza

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Hace sólo 60 años siete pueblos ribereños del Duero formaban La Comarca de La Ribera, Saucelle, Vilvestre, Mieza, Aldeadávila, Masueco, Pereña, todos apodados de La Ribera, excepto, Villarino de los Aires, y sus habitantes eran riberanos. Hoy nos han invadido Las Arribes o Arribes las sin sexo. Ahora ya no es La Comarca de La Ribera, es La Comarca de las Arribes y sus habitantes arribeños. ¡Alto!, Mieza tenía ya un topónimo, llamado Las Arribes, como ningún otro pueblo, topónimo que abarca la escarpada ladera que se extiende desde el Arroyo del Valcoixo hasta la raya con Vilvestre. La Comarca de La Ribera era un territorio con caracteres étnicos muy especiales, en topografía, clima, costumbres, lenguaje, entonación de voz. Los miezucos tienen dividido este topónimo de Las Arribes en tres partes: Parte Arriba, Parte Enmedio y Parte Abajo, separadas por paredes, peñascos o serrijones. En la Ribera de Mieza había ribera para los olivares, ribera para vacas y ribera para cabras.
Hoy sendereamos por Las Arribes de la Parte Arriba. Salimos de Mieza por el camino Vilvestre…, y llegamos a Las Escarbajas de Abajo por un camino encolagao de paredes. ¡Qué trabajo construir tantas paredes piedra a piedra, agacharse a coger la piedra, levantarse poner la piedra y volver a agacharse…! Avistamos la mancha oscura de El Carrascal, viramos hacia el Camino real de Aceñas Pandera y al Mirador de La Peña el Águila. Señores, estamos en la cota 636 y tenemos que descender a la cota 190, a orillas del Duero. Abrimos el cañizo de Las Arribes y para sumergirnos en el Cañón cerramos la escotilla de un submarino imaginario e iniciamos la inmersión. Éste es un senderismo de bajura, de profundidades, prototipo de Las Arribes. Pasamos por el Carvajal, lugar que fue de robles, talados para hacer el cocido en tiempos de escasez de leña. Descendemos por terreno escabroso, entre peñascales hijos que brotan de la tierra como La Pedriza de las Roídas. Descenderemos 450 metros precipitantes al Duero. De frente en Portugal está El Arroyo, cuando llueve, bien te va, pero cuando no llueve, bien jodía te va. No intentéis jugar con el agua de este Duero mansurrón, ahí está el potencial dormido del agua y su fondo está a más de 60 metros bajo el agua. Las características de Las Arribes son: ROCA, ARBOLEDA, AGUA, TEMPERATURA, DESNIVEL.
Seguimos por un antiguo sendero de vacas, cabras y leñadores a la orilla del Río, al lado de la fuente del tío Miguel el Moizo, de la huerta de naranjos y limoneros de José el Lairiñas el Regato; imaginaros la huerta, porque está inundada 40 metros bajo el agua; hace 60 años sus limones ganaron premios en Madrid por sus medidas y por su jugosidad; aquí, lugar que fue de riñas y picardías entre el dueño de la huerta y los dueños de las vacas por desviar el agua de la fuente, uno a la huerta y otros a las vacas, y entre el de la huerta y la empresa constructora del embalse. Dejamos el sendero que orilla el Río y comenzamos la subida por La Era, un rellano donde descansaban y sesteaban las vacas durante ocho meses. Aquí, deteneos antes de mirar las musarañas del paisaje, ahora mirad hacia arriba, a los cimeros, esos picones ceñudos, Polifemos testarudos, vigilantes, provocantes y amenazantes desde arriba con lanzarte un pedrusco, esos Polifemos de un solo ojo que lo giran como los camaleones a medida que gira la luz solar y los hace cambiar de imagen, te parecerán un jorobado de Notredamme, luego un buda pancista y después... Recuerda la novela Peñas Arriba de José Mª de Pereda. Más tarde al atardecer cuando el sol declina a Portugal y los picones portugueses proyectan sus sombras, que cruzan el Río, trepan por estas laderas de España e inundan de sombras el Cañón como un tsunami. Se va la luz del sol con una lentitud que conmueve, como se van las gentes de estos pueblos y avanzan las sombras taciturnas de la soledad. Las grajillas secretean historias espeluznantes para añadir misterio al abandono crepuscular. La noche tiende su manto como un mantra estremecedor. Éste es un espectáculo que pocos han observado.
Buscad la naturaleza que está escondida detrás de la bulla de la gente. La naturaleza no es perversa, pero tampoco es humana, la humanizamos o pervertimos nosotros, y ella trata a los humanos como si fueran garrapatas cuando la molestan. Subiremos entre el verde vicioso de los hojaranzos recién pintados por la primavera. Cuando veáis un yedral que repta picón arriba intentando abrazarlo, recordad a nuestros abuelos de hace 60 años, cuando, uno de ellos se ataba con una soga como arnés desde lo alto del yedral y el otro tensaba la soga pasándola por una peña o tronco de hojaranzo dándole cuerda a medida que el primero iba descendiendo y desprendiendo la manta del yedral de la pared del picón. Cuando conseguía mondar toda la manta del yedral formaban dos o tres cargas de ramón para las ovejas. Pero seguro que tenían que llevarla a hombros doscientos metros hasta el cargadero próximo donde había que cargarla en los mulos. Vida dura.
Subimos por el camino del caño. En Las Arribes había mucha agua de manantiales, hoy se están secando como los pueblos. Hace 60 años estas Arribes estaban cruzadas por senderos de cabras y vacas para ramonear y beber en el caño y otras fuentes. Más arriba está El Genechal, un lugar donde en verano se formaba un bosque de enormes helechos, que segaban y hacían haces para tostar los cebones en las matanzas. Vida dura.
Celtis australis, almez, lodón, hojaranzo… a mí me habla el hojaranzo. El hojaranzo de hoja caduca se desarrolla en climas mediterráneos y húmedos, en terrenos ácidos erosionados de la roca. Ay, esta Arribes que daban de comer en invierno durante ocho meses a cientos de cabras y vacas, abastecían de escobas, escañabones, leña de hojaranzos (mala leña) para los morillos de las cocinas. Hojaranzos que, antes eran escasos, pero hoy invaden Las Arribes y forman el mayor bosque de la península, que suministraban la madera para hacer varas de arados, yugos, barzones, horcas, rastrillos, bieldos y bieldas para las parvas, bastones, cayadas, ahijadas, manceras, aros para hacer los quesos, suelos de las chancas (las cholas, antiguo calzado que yo usé de rapá)…vigas de techumbres, mangos de azadas, zachas y azadones. Yo, de rapá, cuando mis hermanos me decían que iban para Las Arribes les pedía que me trajesen graninas, el fruto del hojaranzo, unas bolitas de color negro y sabor dulzón. Las Arribes solucionaban muchos problemas a los riberanos en su vida dura.
Las Arribes fue una finca muy importante para Mieza, no era comunal, tenían dueños aunque en pro indiviso y eran alquiladas por ganaderos de Cabeza el Caballo, Saldeana, Barruecopardo. Su temperatura media es de 17 grados, la máxima de 46 grados. El paraje de Las Arribes es una franja de cinco kilómetros y medio de larga por unos 700 metros de ancho en una ladera con a veces del 80% de pendiente a la orilla del Duero, que resultan unos 3.800.000 m2, 381 Ha. Aquí, entre derrizas de canchales o picones, estos árboles forman un bosque casi continuo, retienen el terreno y aportan materia orgánica. Las cabras han desaparecido totalmente y las vacas se han reducido a la mitad por lo que los hojaranzos crecen ahora libremente sin ser ramoneados en estas fuertes pendientes, en las torrenteras, entre los picones que sombrean, y a la vera del gran Río. En la ruta conoceréis sus flores diminutas pues florecen entre marzo y abril y podréis observar aún cepas cortadas para leña hace 60 años. Por esto el 100% de los hojaranzos de Mieza son ejemplares jóvenes que miden unos 12 metros de altura, pero alcanzarán los 20 ó 25 metros. El reciente descubrimiento por los ecologistas de este gran bosque de almez tiene interés para ser protegido a nivel nacional y europeo por eso prefieren no airearlo a la publicidad.
La parte más abrupta es La Parte Arriba donde todos los años se esfayaba alguna vaca y varias cabras quedaban empoyadas, a donde tenían que acceder sus dueños atados con sogas, para sacar la cabra atada y luego sacaban al que había accedido al poyo. Para evitar esta desgracia tapaban el paso a estos sitios peligrosos con troncos de hojaranzos, zarzas y escobas, llamados tapiles, para que el ganado no entrase a comer los renovales tiernos, ramas de hiedra o forrajes que estaban en sitios peligrosos. En la Parte Abajo el hojaranzo es vecino de encinas y sobreros en El Carrascal y rodeado de grandes escobales en los cimeros. El señor Isaac de Saldeana por los años 1960 se hizo rico manteniendo 130 cabras y 56 vacas en la Parte Abajo durante 8 meses desde Los Santos a San Pedro; el matrimonio con 8 hijos dormía en la Casa de los cabreros, donde alimentaban los cerdos con el suero de hacer el queso e iban a vender la leche a Mieza.
Los dueños de Las Arribes podían meter vacas según tuviesen una, dos o más partes, o fracciones de una parte. Las cuatro cuartas partes de una parte equivalían a las cuatro patas de una vaca. Esto se traducía en que si tenía una parte (con sus cuatro cuartas partes equivalentes a las cuatro patas de una vaca) podía meter una vaca todos los años; los de media parte (dos cuartas, dos patas) podía meter una vaca cada dos años y el de una cuarta parte podía meter una vaca cada cuatro años, porque no tenía más que una pata. Y cada una de estas partes podía ser heredada, arrendada o vendida. Solamente los dueños podían entrar a cortar leña, escobas, escañabones, troncos de hojaranzo (mala leña) para la lumbre, y esto, sólo en la zona que los comisionados de Las Arribes les habían asignado previamente a cada dueño, por lo cual podía ser multado por el guarda de Las Arribes. Las Arribes de la Parte Abajo tenían un Guarda o Montaraz propio, encargado de ellas. Este Montaraz hacía un contratado cada año con los comisionados, elegidos de entre todos los dueños, valedero por un año, del uno de julio al treinta de junio del año siguiente. Este Montaraz tenía en el año 1899 un sueldo total de cien pesetas pagaderas por trimestres más las comisiones de dos vacas. Además recibía cuatro reales por guardar las reses. Entre sus obligaciones estaba la primera, guardar el terreno, maderas, leñas y escobas, dando parte en el término de veinte y cuatro horas a los amos. El guarda debería vivir la mayor parte del año en la cabaña de Las Arribes o en alguna otra del Carrascal para vigilar más de cerca. Los dueños del terreno podían despedir al guarda en cualquier momento “si extrajera del terreno, escobas, leñas o maderas; él podrá traer cada ocho días una carga de escobas para su casa pero nunca cederla”. Entonces las escobas se utilizaban a todas las horas para encender la lumbre en casa, se vendían para calentar el horno de la panadería, o se usaban para trocearlas y extenderlas en los corrales o en zonas pantanosas de los caminos para estiércol, donde eran pisoteadas y estercadas por el ganado
Los desamparados de la fortuna sólo podían cosechar hambres por respirar el aire, como no podían ir a por leña no se calentaban, y para cocer la comida no necesitaban leña porque no tenían comida. Vida dura. En aquel entonces, si al entrar en una cocina ardía una lumbre generosa en calor y en resplandor, era signo de bienestar. Para esto utilizaban la leña de Las Arribes, escañabones, hojaranzos, encinas, robles muy escasos, escobas, las podas de árboles frutales, vides, olivos, encinas, carrascos, que aprovechaban para el ramón de las ovejas en invierno. El Carrascal era un espacio abierto que podían correrlo las piaras, pues apenas había cercados y a veces las encinas y alcornoques eran marcados con varios cortes como señal de propiedad porque a veces estaban enraizados en tierras ajenas.
El último tramo del sendero por los cimeros es una fantasía empingorotados por la crestería de una sierra. En la quebrada de la tía Teresilla está el Picón del Valcoixo donde hay un agujero para acceder a dicho picón, y una vez arriba se anda con seguridad, desde donde Federico el Cantarranas vigilaba y al atardecer arritaba las cabras para que retornasen.

Viajero,
si te sientes en vaivenes de tumultos y revueltas un madero …
ven a Mieza.
Acércate…, sumérgete…,
relájate…, entrégate…
Senderea
entre peñas y hojaranzos piconeros.
Sosiégate.
Mochilero,
Quédate.

Venancio Pascua Vicente

lunes, 25 de marzo de 2019

Aquellos pueblos…, hoy vacíos


Dedicado a los seleccionados para el equipo político en las elecciones.

Me he permitido la licencia de inventar la palabra MiraDuero para singularizarlos, en Las Arribes todo está abocado y precipitante al Duero.
A los pies de esta roca tan ceñuda está el topónimo La Solana, productora en otros tiempos de la rica aceituna negra de Mieza, famosa hasta en Valladolid, y entre cuya arboleda apreciáis las olivas que, las pobres, perviven agónicas del abandono de sus dueños ante las avasallantes encinas. Hace sólo 60 años, una parte de esta ladera, llamada La Blanquea, estaba tan limpia de fusca que, vista desde los MiraDueros de La Code, blanqueaba la tierra arenisca en la que resaltaban los verdes y cenicientos olivos y los oscuros paredones. Hace sólo 60 años en los fríos meses de enero estos olivares eran una escena idílica donde pastaban unos 10 rebaños de 40 ovejas cada uno y dormían a la luz de la luna encerradas en los bardos. Hoy, esta tierra, otrora paraíso de lagartos, está siendo reconquistada por sus primeros dueños, la encina tozuda, el áspero jaral, el zarzal dentado, el áspero carrasco, la fusca sofocante, los punzantes jumbrios, los bravíos zambuyos, las sofocantes escobas, el ibérico jabalí…
El labriego ha doblado ya sus cuadriles y se ha rendido. El bosque crece invasivo sin control. En La Solana cantaban antes el mirlo y el olivarero: apañando aceituna se hacen las bodas…, el pastor voceaba al ganado, sonaban el cencerro y rugía el Duero. Ahora te espanta hablar alto por no romper este cristal silente. Da miedo cantar. El silencio está cuajado y te vocea, Estos, Fabio, ay dolor que ves ahora…. Hasta los manantiales se han secando. Hasta el Duero ya no ruge.
Las antiguas culturas han cantado la vida sosegada del campo y han desarrollado una literatura bucólica que añora la vida relajada. En el principio Dios creó el cielo y la tierra, donde colocó a Adán y a Eva en medio del Paraíso. Luego comieron del Árbol del bien y del mal y fueron expulsados de este Paraíso, pero como les quedó entrañada esta pérdida y añorado este señuelo, se les prometió la Tierra que mana lecha y miel. De la pérdida de este Paraíso les emana una añoranza idílica de la vida campestre. Dichosos tiempos aquellos en que la madre naturaleza abastecía espontáneamente tus necesidades, dormías tu siesta holgazana tumbado a la sombra de una higuera, tocabas tu flauta apacentando tu rebaño, alargabas el brazo y alcanzabas los frutos maduros del árbol. Todo cuando te apetecía, frutos y caza, todo estaba al alcance de tus necesidades. ¿Es la añoranza nostálgica de aquel Paraíso perdido? Así, cualquiera tiempo pasado fue mejor. Y nuestros clásicos cantaron esta vida idílica y bucólica del campo:
Dichoso aquel que lejos de los negocios como la antigua raza de los hombres, dedica su tiempo a trabajar los campos paternos con sus propios bueyes. (Odas, Horacio, s. I a. C.)
Oh Títiro, tú que te recuestas a la sombra de una haya y practicas la música silvestre con una caña. (Bucólicas, Virgilio, s. I a. C)
En Navidad nace Dios en un pesebre rodeado de pastores.
Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido   (Fr. Luis de León)
Y en el siglo XVI se desarrolló en España la novela pastoril con escenas alegres entre pastores, rebadanas y zagales, en la enramada de una naturaleza risueña, bucólica e irreal, donde no se oía más que nostálgicos sones de rabel, balar de ovejas ante balidos tristes de recentales, esquileos y ladridos de mastines.
¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quienes los antiguos pusieron por nombre de dorados…! (D Quijote a Sancho, comiendo bellotas en compañía de unos cabreros. Cervantes)
Una pradera con ovejas blancas y lanudas, con recentales que corren y respingan entre el tintineo de esquilas y de fondo una melancólica flauta que llora. También se desarrolló la novela picaresca, género peculiarísimo de España.
Pero… ¿cuándo hemos podido perder aquel Paraíso?
Cada uno pone su contento donde ha plantado su Paraíso. La naturaleza es un libro en el que ha quedado grabado cómo se ha ido perfilando, y en el que las gentes también han escrito sus costumbres. Pero también se va grabando el abandono de los pueblos dando opción a que la vegetación salvaje recupere su Paraíso perdido. El olvido, la soledad y el abandono van cambiando los colores de las cosas. Y así, en esta tierra sólo podrán vivir los autóctonos, zambuyos, encinas, carrascos, los que han sido paridos aquí, los que han echado raíces aquí, como nuestros antiguos viejos. Un hombre de paja no puede vivir aquí. Y en la geografía española hay pueblos abandonados que por su soledad son un monumento a la muerte, como una vieja gramática latina. Julio Llamazares en su libro La lluvia amarilla describe el abandono de un pueblo del Pirineo: Como arena, el silencio sepultará las casas. Como arena, las casas se desmoronarán. Oigo ya sus lamentos. Solitarios. Sombríos. Ahogados por el viento y la vegetación.
Los políticos, que no son listos, intentan retener en los pueblos a las gentes, que no son tontas. ¡Qué vengan ellos a ser cohabitantes de estos andurriales! Antes en cada pueblo, un nido de cigüeña y un tonto. Los pueblos se quedan vacíos porque son los viejos los únicos que hacen pueblo, aunque las fiestas de agosto y septiembre las hagan los jóvenes para ellos, pero pueblo lo hacen sólo los viejos y ya están hartos de hacer el papel de tontos de pueblo, ante los listos de la ciudad. Las ciudades a los pueblos los han llamado pueblos y a sus habitantes los han llamado aldeanos. Las ciudades han hecho así a los pueblos. Y esto no tiene remedio.
La gente prefiere la guerra agobiante, antes que la paz somnolienta y aburrida de las aldeas y buscan los beneficios del moderno bienestar social. Y no les llaméis emigrantes, ni les pongáis vallas, ni les exijáis papeles. Respetad las migraciones humanas internas. En la frase machacona que nadie asume, Yo me vuelvo al pueblo, si alguien se vuelve al pueblo, pronto se devuelve o es devuelto. ¿Tenemos que ser siempre, nómadas, vagabundos, romeros…, sin raíces, sin amigos, sin tradiciones, sin…? Ser en la vida romero…, sin otro nombre y sin pueblo. Estas soledades humanas de los pueblos quedarán para relajo de los saltamontes ciudadanos en sus fines de semana, que nerviosos de sus guerras civiles laborales y ciudadanas desertizan Madrid y encabronan los pueblos. Y dirán como papagayos: los pueblos tienen encanto. Más que hacer viajes a…, hacen escapadas de… Escapan de la ciudad a rincones con encanto que les ha inoculado la propaganda. Me asalta el libro de Sergio del Molino, La España vacía. Y esto no tiene solución.
Y esta disputa del vaciado de los pueblos ha entrado en las carnicerías de los debates de partidos políticos para degollarse entre ellos. En esto, que no tiene remedio, es cierto que la comodidad de la ciudad ha degradado el trato humano. Un habitáculo en ciudades es una caja de zapatos con paredes de pladur, empesgada de cemento por arriba y por debajo, embetunada de asfalto, torturada por coches, autobuses, inundada de gentes…, sí pero al lado está el centro médico, el hospital, colegios, puesto de trabajo, guarderías, farmacia, supermercado, quiosco, iglesia, actividades para niños, parque, autopistas de banda de móviles… y, como no son tontos, terminan abandonando el sucio morillo. Esto buscan. ¿Será ésta la tierra prometida que mana leche y miel? ¿Vale menos esto que un espacio abierto en el pueblo? ¿Es una necesidad el espacio libre? Para muchos madrileños, España se limita al barrio de Salamanca, y para muchos salmantinos Salamanca termina en su Plaza Mayor. Los listos de la ciudad critican a los del pueblo diciendo: en el pueblo viven cuatro y no se hablan. ¿Cuántos no se hablan en tu comunidad? ¿Se soportan? Me vuelvo al pueblo. Ni los ocupas que desarrollan esta actividad usurpadora en la capital se acercan a ocupar los pueblos. Y esto sin solución.
Durante siglos la ciudad ha dado la espalda al Duero y a los pueblos de Las Arribes, pero ahora estos pueblos son abandonados por sus mismos autóctonos arribeños. Razones tienen. Las normas comunitarias los agobian. Las Arribes nunca fueron un Paraíso, ni perdido ni encontrado, sus habitantes, paridos aquí, siempre tenían que trabajar para comer, para así poder seguir trabajando. En los pueblos mandaban antes, el alcalde, el médico, el cura y el maestro, estos han sido los primeros capitanes en abandonar el barco, junto con la Guardia Civil y las mozas casaderas. El Duero eterno, el río de los olvidos, sabe todo esto, ¿calla o se hace el tonto? Pasen, señores, vengan a admirar los encantos desde sus MiraDueros. Él Duero se ríe de esta Ironía, tan cínica, que lo hace tonto. Si hasta el Duero ya no ruge.
                                                                         Venancio Pascua Vicente

sábado, 2 de febrero de 2019

MiraDueros o Miradores en Mieza


A un lugar de Mieza, de cuyo nombre sí quiero acodarme, venid a contemplar este anfiteatro visto desde lo alto de Los Reventones de Mieza, el MiraDuero de la Peña la Salve. Os presento algo desconocido.

En el centro se observa el meandro del río Duero, el poblado del Salto con el convento de La Verde entre cipreses y magnolios. Al fondo, a la derecha, está el picón La Bodega en el que ha sido horadada la central de Aldeadávila. Y toda la hondonada protegida por los graderíos de estos cuatro picones, los cuatro Evangelistas, denominados así por aquellos frailes franciscanos del convento, y que son, LA BODEGA, los dos picones portugueses de la izquierda PICÁO DAS CANAVEIRAS y PICÁO DAS CARVAS y el cuarto, éste de LA PEÑA LA SALVE en Mieza, desde el que está hecha la fotografía.

Oídme, señores de la Junta de Castilla y León, quiero chantajearos con esta amplia panorámica desde el MiraDuero de La Peña la Salve, más espectacular que esa Pasarela-Espantajo en el Mirador del Fraile, para la que ustedes han aprobado 250.000 €, un desacorde infinito en esta armonía, esa balanza cajonera o rampa de lanzamiento hacia un Salto del Gitano entre España y Portugal. Y todo para sentir el shock del miedo. Muchos sentirán la contracción estomacal al vómito, al sentirse lanzados al vacío del miedo y suspendidos del vértigo en la punta de ese voladizo ferruginoso, pero pocos se compenetrarán con los ciclópeos picones del entorno.

Este proyecto con el que Junta de Castilla y León abochorna a Las Arribes está incluido en su programa de Infraestructuras Turísticas, en Áreas Naturales de la Fundación Patrimonio Natural. Pues yo protesto ante este programa, ante las Infraestructuras Turísticas, ante las Áreas Naturales, ante la Fundación Patrimonio Natural, ante el Parque Natural, ante la Reserva de la Biosfera, ante la Junta de Castilla y León. Y protesto ante el mismo Poncio Pilatos, por colocar ese Espantajo en la cima de un picón, hijo de la tierra y del Duero, erosionado siglo a siglo. Sí, 250.000 € son muchos € para un pegote.

Sin embargo no hay acceso al MiraDuero de la Peña la Salve, más espectacular y más panorámico, aunque no tenga el shock del miedo. Vengan, vengan y vean, señores de la Junta. Yo les guío, aunque estoy medio cojo. Antiguamente se accedía desde Mieza a este Mirador de La Peña la Salve, por un viejo camino de herradura por el que subían los mulos cargados con dos banastas de aceituna y detrás las mocitas de Mieza pintando colores en sus mejillas cuando subían Los Reventones. El último tramo de este camino, unos 200 metros, para ir hoy a La Peña la Salve está hecho un arroyo emboscado de zarzalones. Si alguien quiere acceder a este Mirador, tiene que hacerlo y con mucha dificultad a través una finca privada con cañizo pechado con candado y con ganado bicorne al que los turistas le son extraños.

Hace 60 años no había Miradores contemplativos, había Miraderos desde los cuales los carabineros vigilaban el contrabando por el Duero, el tío Rompealbarcas no hacía senderismo, pero trajinaba diariamente estos vericuetos por su primera necesidad vital: comer, y aluego mirar las musarañas.

Con unos 20.000 €, “ma o meno”, de los 250.000, arreglaríamos estos 200 metros del camino. Luego todos haríamos senderismo por Los Reventones dentro del Parque Reserva de la Biosfera con los pulmones hinchantes y bufantes como globos, hormigueando en Las Cañás del tío Morcajo con playeras, mochila, visera y bordón, atrochando riscos, jumbrios, zambuyos y hojaranzos, jaras, gamonas y escobas, jedigueras y torviscos. Las mozas entrarán frescachonas, pero saldrán despechugadas, pariendo morochos y cuajarones de sudores, pero limpias de toxinas y oliendo a romeros y tomillos. Y si tenéis alguna duda preguntad a los tíos Descualgabrevas, Rompealbarcas,  y Destripaterrones, miezucos que saben mucho de atrochar a trancas y barrancas. Cerca hay una cueva sin explorar aún, un viejo corral y casa de cabreros y un poco más abajo por este camino que baja zigzagueando hasta el Salto de Aldeadávila está la famosa Peña de los Cinco Culos y el Picón de las Orejinas. Magnífica ruta para drenar toxinas entre peñascos paridos por la madre naturaleza. El que quiera peces del Duero que se moje el culo.

No me revestiré del chovinismo narcisista y pueblerino ensalzando a mi pueblo por encima de otros de La Ribera, pero llamo a este estrado arribeño a la Junta de Castilla y León para que conozca los “Mira-Dueros” de Mieza, que NO los conoce. Pero pasen, señores, pasen y sigan viendo.

Code de Mieza que cuelgas sobre la sima del lecho. (Unamuno)

Esa montaña que, precipitante, ha tantos siglos que se viene abajo. (Góngora)

Este promontorio rocoso de La Code, nominado por Unamuno “el más imponente mirador de Las Arribes”, diseñó estos cuatro ventanales panorámicos abiertos a la sima del Duero, a 426 metros sobre el agua. Y son: el de Unamuno, el de la Virgen de La Code, el de la Bandera y el del Colagón del tío Paco, admirados ya por el primer explorador de Las Arribes, Unamuno.

Señores de la Junta, 250.000 €, son muchos euros para enterrarlos en un solo palomar. En Mieza están estos cuatro palomares espectaculares en La Code.

 Vista panorámica desde el Mirador de la Bandera, atalaya de La Code, con muy mal acceso. Esto sí es Reserva de la Biosfera. Silencio, quietud. El Río, ya no es río, está inmóvil, recostado como una anaconda entre ambas riberas en el vértice de la V del gran cañón. 

 Vista desde el Colagón del tío Paco. El sol, moribundo llena de sombras el cañón y embadurna con sus últimos colores el roquedo de La Code. De aquel Duero en Las Arribes, antaño atormentado, violento y tronador, o rumoroso, nos han dejado un río enmaromado y sumiso.
Si presenciáis aquí un crepúsculo quedaréis enamorados de Mieza. Si se os aparece el ángel de un almendro florido quedaréis iluminados de emoción.


Si vas muerto a Las Arribes
y en La Code te redimes,
¿Qué más quieres viajero,
que transitas por mi pueblo?

 Y desde el soberbio MiraDuero de La Peña el Águila contemplamos en estas hoces del Duero el meandro de la antigua pesquera de El Cachón, hoy sumergida 38 metros bajo las aguas. La Peña el Águila nos oculta los cuatro ventanales de La Code y el de La Peña la Salve. Al fondo el poblado del Salto. Admirad este panorama, unos 8 Km de hoces del cañón del Duero, en lo ancho, en lo profundo, en el fondo, vistos desde La Peña el Águila. Al lado está el mayor bosque de almez en la península ibérica.

Aquí el alma no se acongoja, no sufre el shock del espasmo, solaza, se ensanchan sus pulmones y se dilatan sus horizontes. Se cultiva el espíritu.

¡Venid, señores de la Junta, venid a recrear y a historiar estos seis MiraDueros en Mieza! Esto es eco-Arribes, el hogar de La Arribesía, el alma de Las Arribes. Este eco-arribismo que ha sido un secreto guardado durante siglos, está comenzando a no estar protegido de pegotes.

Su belleza es siempre nueva cada día, renace y se renueva en cada espectador, porque lo bello, más que en las cosas, está en los ojos de los que saben mirar las cosas bellas.

Señores de la Junta de Castilla y León, este intento de chantaje, ¿no merece una respuesta? Si no lo hacen es que no escuchan a su pueblo, o andan escasos de réplicas.

lunes, 7 de enero de 2019

Una Nochebuena corriente de un abuelo cualquiera


Era una tarde fría, un tanto desapacible y con un sol tibio. El abuelo Raimundo, salió a dar un paseo por el Parque de los Jesuitas e intencionadamente olvidó su móvil en casa para que no le perturbasen, quería vivir sus recuerdos. Hacía tres años que su mujer se había ido a pasear a otros parques y los hijos le habían dicho a través de sus nietos que este año no podían acompañarlo y que pasase una Feliz Noche buena. Se quedó triste, muy triste. Pero saneó su corazón y se envolvió en su mundo de telarañas entre los chales y bufandas de sus recuerdos.
Cruzó el Parque donde jugaban niños con sus padres y abuelos. A Raimundo se le añusgó el corazón, carraspeó, tragó saliva, y reflexionó, soy abuelo y no juego con mis nietos. Detrás de él venía un anciano con un andador que quería desviarse a otra calle pero el bordillo de la acera se lo impedía. Pasó corriendo un chico y al verlo se volvió y le dijo:
_ Abuelo, por aquí no puede, ahí al lado hay una rampa. Espere, yo le ayudo.
_ Gracias, hijo. ¡Qué Dios te lo pague!
_ Y eso ¿qué es? –preguntó el joven. El abuelo se quedó mirándolo…, pero el joven siguió corriendo. Todos los hombres viejos tienen un apodo bonito: ¡Abuelo!
De pronto al abuelo Raimundo le dio una punzada en la corva de la rodilla izquierda y se paró en seco. Quedó inmóvil mirando el penacho de humareda de la fábrica Mirat. Bueno, miraba al horizonte sin ver nada en concreto. En esta postura de piedra le adelantó con paso de tortuga un hombrito, al que el abuelo Raimundo observó su andar, lento, su gorro calado hasta las orejas debajo del cual le salían unas guedejas de canas mal peinadas, la cabeza caída hacia adelante y jorobada su espalda, los brazos le caían descolgados y con su mano izquierda arrastraba un bastón, el abrigo le caía lacio hasta los muslos y apenas se le notaba el culo, las piernas delgadas y tiesas, unas playeras sucias de barro, y pasito a pasito, vacilante, arrastraba los pies. Visto así, de espaldas, era un cuerpo humano en desmoronamiento.
Al abuelo Raimundo se le había pasado la contractura de la corva al observar aquel simulacro de hombre, bien parido, mejor criado y mal andante. De pronto, Raimundo se asustó, volvió su cabeza y miró hacia atrás por si alguien le estaba observando él de espaldas.
Se cruzó con una pareja de ancianos que paseaban cogiditos del brazo y apoyados en sus bastones, miraban con ojos desvaídos, pero sin ver. Oyó que el hombre le musitaba a su mujer:
_ María, ¡qué pena! ¡Cómo nos vamos haciendo mayores!
_ Calla, Bartolo, aún estamos los dos juntos pedaleando. Y Raimundo recordó a su mujer que había volado en invierno y pensó: ¿estará ella paseando también en otro parque?
Se fue a la orilla del Tormes, el río de aguas oscuras, gélidas y serenas que espejaban el cielo azulado y los árboles de las orillas. Se acercó a la barandilla del puente que va a La Fontana, frente a la imprenta KADMOS, y se vio reflejado allá abajo, en el espejo de las aguas. El mundo enfrentado y al revés. Su imagen, agarrada a la barandilla, le pareció un monigote y se preguntó: ¿quién será ese payaso que me mira desde el fondo del río? Le pareció una mofa, con la gorra y la bufanda. No se conocía a sí mismo. Sintió vértigo de la altura y por lo mismo se sintió atraído por el agua. ¿Para qué estaba él aquí, encogido y mirando a ese muerto en el fondo del río? ¿Le estaba esperando allá abajo? Se sintió un cuerpo extraño, respirante aún. Quiso buscar otra felicidad pero se alejó de allí, prefería pasear y almacenar ganas de cenar.
Se volvió al Parque de los Jesuitas. Los abuelos deambulan como seres sin destino fijo, y sobre todo en invierno. Le adelantaron varios grupos de jóvenes corriendo y al pasar el abuelo Raimundo sentía el empujón de la oleada de aire como un tifón. ¡Qué forma de quemar energía! En la orilla del río se levantó una neblina lechosa y el cierzo se le metía en las narices y le picaba en la garganta. Sintió frío en el cuerpo y en el alma, y se volvió a casa. Era la primera Navidad que estaba solo y no quería complicarse con la cena: un caldo, unos espárragos, una loncha de jamón y queso, ah, y un vaso de vino. Antes de salir había dejado la mesa puesta y en el centro había colocado el misterio escueto, sólo el Niño y sus padres.
Como tenía el ánimo un tanto reblandecido por haber visto tantos hijos, nietos, abuelos en el parque, paseó como sonámbulo por el piso mientras oía el allegretto de la séptima de Beethoven, que siempre le inyectaba coraje. Después puso una cinta de villancicos de dos horas de duración que él, siendo joven, había grabado en su viejo magnetofón Grundig TK 14. Y volvió a soñar. Con el ánimo más entero y sosegado se puso a cenar. Se tomó el caldo caliente, despacio, como quien fuma un puro esperando a alguien que sabe no va a venir. Había puesto el resto de la cena sobre la mesa para no tener que levantarse.
Invitó a cenar a la familia de Belén, pero se excusaron diciendo que era tarde y el Niño se estaba a punto de dormirse. De pronto se encaró con el Niño y le dijo:
Jesús, tú al menos tienes a tus padres contigo. Yo no tengo padres, ni hijos, ni nietos.
El Niño se despertó sin llorar y le pareció que la madre María giraba la cabeza para mirarle. Raimundo se emocionó y el silencio le pareció sedante y familiar. Siguió escuchando los villancicos: Noche de amor, noche de paz. Pasado un rato se puso a tejer sueños, pues estos villancicos los había oído todos los años en compañía de su mujer y recordó momentos muy felices. Había conseguido vencer la tristeza. El pasado le ha dado coraje en este su presente.
A su mente fue bajando suavemente una neblina sedosa que le envolvió acogedora, la maquinaria de sus sueños lentamente se fue inmovilizando... Y se quedó… Se había alejado del ruido exterior. Había tejido su mundo interior en paz y felicidad. La felicidad estaba dentro de él. Había aprendido a vivir sin depender de apariencias externas. Viejo y aprendiendo.
De noche soñó que soñaba con sus hijos y nietos y le daba de regalo de Reyes Magos:
Os bendigo porque comprendéis mi torpeza en andar, en oír, en entender, y sobre todo, gracias, porque no me decís: “esto nos lo has repetido ya varias veces”.